Descubrí lo que mi marido quería con el chico del cine
Cuando lo invité a subir a casa juré que solo era una segunda parte. Tres horas después no sabía dónde acababa mi marido y dónde empezaba él.
Cuando lo invité a subir a casa juré que solo era una segunda parte. Tres horas después no sabía dónde acababa mi marido y dónde empezaba él.
En el bar, Mariana se acercó a dos extraños sin decirme nada. Cuando volvió, fue para subirnos a un taxi. En el camino entendí que yo también era parte del precio.
Cuando el desconocido del metro me deslizó la mano bajo la falda, la verdad fue que cerré los ojos y pensé en quien no debía pensar.
Sabía que ese día iría sin sostén, con el vestido más corto que tenía. Y sabía que él me miraría como siempre. Lo que no sabía era hasta dónde llegaríamos.
Le prometí que no me molestaría escuchar su recuerdo más sucio. Le mentí. Cuando terminó, yo ya tenía el mío preparado.
Cuando le abrí la puerta, sentí cómo sus ojos se clavaban en la tira negra que asomaba por encima de mi vaquero. Sonrió antes de empujarme hacia dentro.
Cuando abrí los ojos en aquella suite de mármol negro, ella estaba ahí, desnuda, mirándome como si me conociera desde siempre. Y tal vez la muerte fue mi mejor accidente.
El vibrador zumbaba dentro de mí mientras él controlaba el ritmo desde la mesa del fondo. Sabía exactamente qué clase de hombres traería a casa esa noche.
Cuando Ricardo me explicó qué quería hacer conmigo y con sus cinco amigos en la casa de campo, debí decirle que no. Lo pensé seis días antes de aceptar.
Cuando me desató, lo primero que vi fue la mesa de madera con grilletes en cada esquina. Los tres me miraban como si supieran exactamente qué iba a pasar después.
Cerró la puerta de la consulta, bajó la persiana y le miró con una sonrisa que no era profesional. Mateo no había venido al hospital por eso.
Cuando doña Hilda abrió la puerta y nos miró de arriba abajo, supe que esa noche junto al fuego nos costaría mucho más que un techo seco.
Tres goles esa tarde. Por la noche, su mensaje cambió todo. Subir a su suite o arrepentirme toda la vida de haberme portado bien.
Subir a un auto desconocido y ofrecer mi boca como pago era el plan. Pero cuando los pinos se movieron, supe que esa tarde alguien iba a ver más de lo que yo había pagado.
Pensé que íbamos al motel a estar juntos. Cuando me dijo que arriba había seis hombres esperándome, el corazón me golpeó la garganta.
Cuando entré al piso once, los cuatro me esperaban con copas en la mano. Sobre la mesa, cuatro sobres y cuatro cajas. Sebastián sonrió: esa noche cobraría caro.
Solo iba a probarme unos vaqueros. Ella estaba al otro lado de la cortina, con una sonrisa que no era la que se le pone a un cliente cualquiera.
Era la última fila del cine de verano. Cuando el chico de al lado levantó un pico de la chaquetilla, supe que mi cuerpo de diecinueve años ya había decidido por mí.
Faltaban tres horas para llegar y el señor del asiento de al lado ya había sacado una manta del bolso. Me dijo que tenía frío. Yo no tenía nada de frío.
Llegué a la terminal a buscar a un amante. Salí dos horas después con el cuerpo encendido por otro hombre que ni siquiera sabía mi nombre.