El doctor que no supo dónde terminaba el examen
Natalia tenía las piernas abiertas en la camilla y el doctor fingía aplicarle crema. Yo miraba desde el rincón, inmóvil, sin querer que parara.
Natalia tenía las piernas abiertas en la camilla y el doctor fingía aplicarle crema. Yo miraba desde el rincón, inmóvil, sin querer que parara.
Quedé con él en una plaza que no conocía, en una ciudad que no era la mía. Me invitó a su departamento y perdimos la noción del tiempo.
Vivía en el campo y podía vestir ropa de mujer todo el día sin que nadie me molestara. Hasta que un desconocido escribió diciendo que le gustaban mis fotos.
Tendida al sol sin ropa, con una docena de hombres mirándome fijamente, entendí que esa playa no era como las demás. Y no quise escapar.
La promoción dos por uno del spa me cambió los planes, y algo más: cuando la desconocida se metió en el jacuzzi y me miró de esa manera, supe que la noche sería larga.
Entre las ocho y el mediodía, tres hombres distintos cruzaron mi puerta. Cada uno buscaba algo diferente, y yo tenía ganas de darlo todo.
Mis amigas tardaban y él apareció sin que yo lo llamara. En diez minutos ya sabíamos los dos adónde íbamos a terminar.
Había filtrado decenas de perfiles hasta llegar a Marcos. Todo lo que pedía, y la paciencia que nunca sobra. Pero alguien siempre llega demasiado pronto.
Cuando la lona se abrió en mitad de la noche, supimos que lo que había empezado entre nosotras iba a convertirse en algo mucho más.
No supe en qué clase de barrio me había metido hasta que Valeria se detuvo frente al hostal. Entonces entendí todo, y de todas formas entré.
Cuatro hombres empapados en su puerta, la noche más oscura del invierno y una soledad de años a punto de romperse.
Llevaba diez minutos encerrada cuando empujé el pestillo y dejé que la puerta se abriera. Los sonidos me rodeaban. Ya no me importaba quién pudiera verme.
Llevábamos meses hablando de esa fantasía: que alguien nos viera. Esa noche en el motel lo convertimos en un juego con reglas y sin marcha atrás.
Llevaba días conteniendo el deseo mientras él viajaba. Esa tarde no aguanté más: me puse la tanga roja y salí a cazar.
Estaba al límite. Sin dinero y sin opciones, marqué el número de Rodrigo sabiendo exactamente lo que implicaba volver a verlo.
Llevábamos semanas hablando por chat antes de vernos. Cuando la reconocí desde lejos, con esa blusa ajustada y esa sonrisa cómplice, supe que algo iba a pasar.
Roberto llevaba meses en ayuno sexual forzado. Esa noche en Sevilla, Valeria prometió cambiar las reglas. Nadie esperaba lo que haría Natalia.
Cuando se acercó a mí en el bar, supe que esa mujer iba a hacer lo que quisiera conmigo. Y yo quería exactamente eso.
Llevábamos meses con esa fantasía. Cuando el candidato no apareció, decidí ser yo el desconocido. Entré al café y me acerqué a mi esposa como si no la conociera de nada.
Chupé muchas vergas antes de atreverme. Pero siempre llegaba un momento en que me detenía. Esa noche, un desconocido me convenció de cruzar ese límite.