Lo que pasó tras las rocas de la playa nudista
Llevaba media hora mirándole de reojo cuando me habló. Detrás de las rocas, ninguno de los dos tenía intención de volver a vestirse en lo que quedaba de tarde.
Llevaba media hora mirándole de reojo cuando me habló. Detrás de las rocas, ninguno de los dos tenía intención de volver a vestirse en lo que quedaba de tarde.
Salía de la ducha cuando llamaron a la puerta. Pensé que era ella otra vez; era él, con dos bolsas en las manos y una mirada que no dejaba lugar a dudas.
Descubrí que algunos hombres se paraban frente a las rendijas de los privados, respirando agitados. Esa noche decidí darles algo que mirar.
Volvíamos de la playa hacia el camping cuando una chica nos hizo dedo en mitad del camino. No sabía que esa noche iba a descubrir otra cosa.
Esa tarde no buscaba amor ni explicaciones; buscaba dos cuerpos distintos en una misma habitación de motel y la certeza de que nadie sabría jamás lo que pasó allí.
Cuando lo vi entrar al cuarto oscuro detrás de mí, supe que la noche no iba a terminar en mi cama. Tenía el cuerpo de los que solo se ven en revistas.
Pensé que la lluvia me dejaría sin nada. A veinte metros vi al muchacho moreno junto a la banca, empapado, y entendí que la noche apenas empezaba.
Llevaba años imaginándolo viendo videos a escondidas. Una tarde, un mensaje en una página de contactos, y un desconocido subió a mi coche dispuesto a cambiarlo todo.
Cuando salí de la ducha con la toalla en la cintura, ella se acercó, me besó suavemente y dejó caer la tela. Su marido nos miraba desde el sofá con una sonrisa.
Bruno me sonrió desde lejos y Yolanda alzó las cejas mirando a Mariela. Dos minutos de baile bastaron para saber que esa noche no terminaría con un apretón de manos.
La recibí en el aeropuerto y supe enseguida que algo le había sucedido. Esa misma noche tracé un plan que nadie con un mínimo de decencia se permitiría.
Eran jóvenes, abiertos y querían algo distinto. Lo que no sabían es que esa noche en el hotel yo también descubriría una parte de mí que llevaba años escondiendo.
Rocío me juró que era un bar normal. Cuando vi que en la cola solo había mujeres entendí que no lo era, pero ya era tarde para arrepentirme.
Ella levantó la copa desde el rincón como brindando conmigo. Él se acercó y me dijo al oído que querían llevarme al departamento de Pichincha. Yo no sabía lo que vendría después.
Subí al segundo piso del bus pensando dormir las siete horas seguidas. A los treinta minutos, un rostro apareció entre los asientos y me preguntó adónde iba.
Cuando noté que algo había cambiado, ya era tarde. Lo tenía hasta el fondo y él no se detuvo. Solo entonces entendí lo que había hecho sin pedirme permiso.
Cada noche que Marcos pasaba mirando sin poder tocar era un escalón más en el descenso. Valeria no lo seducía: lo poseía. Y él no encontraba la salida, ni la buscaba.
Pablo y Laura llegaban al resort pensando en tenis. Ocho adultos, una terraza con vistas al mar y una botella de vino de más cambiaron todos los planes.
Valentina reconoció a los tres hombres del comedor: los había saludado en fiestas de empresa. Esta noche, Rodrigo los había traído por otro motivo.
Cuando entré al «Esencia» del brazo de Sofía, no imaginaba que esa noche conocería al hombre que cambiaría para siempre mi idea del amor clandestino.