El desconocido del parque a las dos de la mañana
Cuando crucé el parque a las dos de la mañana, lo vi sentado en la banca verde. No esperaba que su mirada me hiciera bajarme los pantalones esa noche.
Cuando crucé el parque a las dos de la mañana, lo vi sentado en la banca verde. No esperaba que su mirada me hiciera bajarme los pantalones esa noche.
En el viaje al apartamento, el conductor me pasó su celular con unos videos. Lo que vino después no estaba en mis planes y nunca lo había hecho con otro hombre.
Coordinamos por mensaje durante toda la tarde. Cuando los vi bajar del auto gris, pensé que tenía todo bajo control. No imaginé hasta dónde iba a llegar esa noche.
Respondí un anuncio sin pensarlo demasiado. A las dos horas tenía su número, y antes de que cayera la noche el citófono ya estaba sonando.
Tenía cincuenta años y veinte de matrimonio cuando acepté la invitación de un hombre al que solo conocía por el chat. Me llevó al hotel y nada quedó en su lugar.
Llegué primero al cuarto, con gorra y gafas, y me senté en el borde de la cama sin saber qué iba a hacer cuando aquel desconocido tocara la puerta.
Dejé el auto a dos cuadras, miré el cartel del local de peces y subí esos escalones sabiendo que, después de ese mediodía, ya no podría mentirme.
Mi esposa quería ver cómo me cogían a mí, no al revés. Lo que descubrí esa noche en la suite del hotel todavía me obliga a hacerme preguntas que no me animo a responder.
Tenía una hora robada del trabajo y aquel desconocido frenó la moto frente a mí. Subí sin pensar y supe, antes de llegar al edificio, que ya no había vuelta atrás.
Llevaba un cubrebocas negro y una pijama de cocina verde, pero lo que me hipnotizó esa mañana fue cómo se le marcaba todo mientras servía las charolas del buffet.
El short de bicicleta apenas disimulaba lo que llevaba debajo, y cuando me pidió que me quitara la ropa supe que aquella tarde no iba a ser una depilación normal.
Subí al avión con el rabo duro, igual que cada día desde que tengo memoria. Lo que no imaginaba era que aquella sacerdotisa me cambiaría la vida en una sola noche.
Llevaba meses pensándolo. Esa noche, en un hotel lejos de casa, encendí la app y aceptó subir a mi habitación el primero que apareció a un metro de distancia.
Entró nervioso, casi sin mirarme, y se quitó la ropa antes de que yo terminara de buscar el canal. Tenía piercings en las tetillas y una sonrisa torcida.
Me miré al espejo con su lencería puesta, los tacones y los labios pintados, y supe que no podía quedarme en casa. Eran las dos de la mañana.
Pensé que solo era curiosidad. Hasta que vi su foto, sentí cómo se me aceleraba el pulso, y entendí que llevaba tres años evitando lo que ya había decidido.
Lo de buscar sexo por internet siempre había salido bien, hasta esa tarde de viernes en la habitación 207, cuando entendí que con extraños uno nunca sabe.
Cuando mi madre se abrió de piernas en la hamaca, supe que esa tarde en la playa nudista no íbamos a volver solos a la villa.
Volvimos del bar mareadas, las dos solas en la habitación. Y entonces golpearon la puerta cinco hombres a los que ya les habíamos dicho que no.
Uno era atlético y casado. El otro, un señor de paso por mi ciudad. Con los dos descubrí cosas que nunca había sentido y que todavía me persiguen cuando cierro los ojos.