Cuando el deseo me despertó después de tanto tiempo
No era que me faltara nada. Era que nunca me había dado cuenta de lo que quería hasta que aquel chico me miró como si yo fuera lo único en el mundo.
Relatos que exploran los deseos mas profundos
No era que me faltara nada. Era que nunca me había dado cuenta de lo que quería hasta que aquel chico me miró como si yo fuera lo único en el mundo.
El paquete llegó un martes. Lo sostuve en las manos sin abrirlo durante diez minutos, sabiendo que en cuanto lo hiciera, ya no habría vuelta atrás.
Apaga la luz. Desnúdate despacio. Hay una voz que ya sabe lo que necesitas, y esta noche va a guiarte hasta donde tú misma nunca te has llevado.
Cerré la puerta con pestillo, bajé la persiana y me prometí que esa noche no habría límites. Había esperado demasiado tiempo para descubrir ese placer.
La invitación era para cenar. Lo que nadie dijo en voz alta es que los tres queríamos que la noche terminara en algo más.
Cada mañana salgo de casa con un regalo específico para mamá. Ella me espera en su cama, y lo que compartimos las cuatro es algo que nadie en el barrio imaginaría.
Me suscribí sin pensarlo. Era su cara, su cuerpo, su voz. Y yo, su padre, no podía apartar los ojos de la pantalla.
Llevaba dos días en la capital cuando descubrí que desde mi ventana podía ver una terraza donde tres personas practicaban algo que nadie debía presenciar.
Salí a correr con los shorts sueltos y sin ropa interior. El rozamiento, el calor de mayo, el sudor. Cuando llegué al claro entre los pinos, ya sabía lo que necesitaba.
Su respiración se fue haciendo más agitada al otro lado de la pared. Intenté ignorarlo. Entonces escuché mi nombre en su boca y todo cambió.
Escuché cómo se masturbaba pensando en mí. Y yo, en lugar de ignorarlo, cerré los ojos y me uní a él desde el otro lado de la pared.
Consuelo nunca iba al cine. Eligió la butaca del fondo y la oscuridad más completa. No sabía que esa película iba a mostrarle lo que llevaba décadas negándose a sentir.
Se quitó la camiseta, luego el sujetador, y me miró fijamente. «Dime cómo quieres que me ponga.» Llevábamos veinte años casados y nunca habíamos llegado a esto.
La casa olía a vino y a silencio. Esa noche, con el kimono abierto y la copa en la mano, decidí que no iba a necesitar a nadie para sentirme viva.
No hace falta nadie más. Solo la oscuridad, el peso entre mis piernas y mis manos libres para imaginar todo lo que nunca me atrevo a pedir en voz alta.
Cuando entendí que ella lo había visto todo, lo primero que sentí no fue vergüenza sino algo mucho más difícil de controlar.
No era la primera vez que Camila llamaba tarde, pero esa noche algo en su voz era diferente. Supe que no iba a dormir pronto.
Los gemidos llegaban directo a mis oídos y algo en mí cedió por fin. Esa noche no iba a negarme nada.
Se creía sola. Levantó el celular, encuadró su cuerpo desde abajo y esperó al temporizador. Yo no aparté los ojos ni un segundo.
Me puse los pantalones más ajustados que tenía y no usé nada debajo. Lo que vino después fue un secreto que solo yo conocía mientras trabajaba.