Lo que descubrí sobre mí esa noche frente al espejo
Cerré las cortinas, apagué la luz y supe que esa noche nadie iba a frenarme. Iba a llevar mi cuerpo hasta donde nunca antes me había animado a llegar.
Relatos que exploran los deseos mas profundos
Cerré las cortinas, apagué la luz y supe que esa noche nadie iba a frenarme. Iba a llevar mi cuerpo hasta donde nunca antes me había animado a llegar.
Llegamos al motel calientes y llenos de expectativas. La fiesta no fue la orgía prometida, pero Miguel sabía exactamente cómo hacerme olvidar todo eso.
Cerré los ojos bajo el antifaz y la voz de mi padre construyó cada detalle. Ya no estaba en mi cuarto: estaba con Rodrigo, y él hacía exactamente lo que yo había soñado.
Empezó como cualquier siesta de verano: el ventilador girando, el calor pegado a la piel, y yo con demasiado tiempo y demasiados pensamientos.
Me dijo que reservara el sábado. Sin detalles. Cuando llegué a su departamento y vi el traje de látex sobre la cama, entendí que la noche sería diferente.
Llegué solo por curiosidad, prometiéndome que sería una copa y ya. Pero cuando la puerta se abrió antes de que tocara, entendí que él llevaba horas esperándome.
Me dije que solo pasaba cerca del parque por el camino más corto. Pero cuando sus ojos me siguieron y su mano rozó mi cadera, ya no pude seguir mintiendo.
Eran las once cuando empezó a sonar el móvil. Su voz al otro lado, mis dedos sobre el teclado y una pantalla como única barrera entre las dos.
Cuando sus ojos se clavaron en los míos y señaló el suelo, entendí que esa noche el ritual sería distinto. Más intenso. Más íntimo.
Teníamos una semana para preparar el disfraz más atrevido. Yo llegué con minifalda y medias. Ella abrió la puerta de su cuarto sin una sola prenda encima.
Cuando leí su primer poema sentí que alguien había entrado en mi cabeza sin permiso. Lo peor fue darme cuenta de que quería que volviera a hacerlo.
Llevaba semanas dándole vueltas a la idea de invitar a otro hombre a nuestra cama. Aquella noche, mientras la besaba despacio, por fin le susurré al oído lo que tanto callaba.
Siete de la mañana y el deseo ya estaba ahí. A lo largo del día se coló en la ducha, en el supermercado, en el sofá con él. Un fuego que intentaba apagar y que volvía solo.
Llevaba tres semanas en el cajón, sin abrir. Esa noche de jueves, con el piso para mí sola, decidí que ya no había más excusas.
A las tres de la madrugada salí al parque con el camisón más corto que tenía. Sin nada debajo. Lo que pasó después fue algo que no olvidaré.
Sobre la cama había un conjunto de látex negro y unos tacones en mi talla. Esa noche, Rodrigo no me explicaría nada. Solo me ataría y lo que vendría después cambiaría todo.
Nunca había visto a mi madre lanzar un golpe. Cuando entré a la cochera, la encontré en topless dándose puñetazos con mi tía y un muro que no debía caerse cayó.
Entró al cuarto, vio el lazo de regalo atado a esa polla negra que salía del agujero, y me miró como si no supiera si besarme o denunciarme.
El teléfono de su marido estaba en la mesilla. Ella sabía que no debía abrirlo. Lo abrió igual. Y lo que encontró la destruyó de dos maneras.
El pueblo entero cerró los ojos. Rodrigo perforó un agujero del tamaño de un guisante en la contraventana y pegó el ojo. Tenía que verla.