Lo que descubrimos los tres frente a la chimenea
Aquella noche entendí que enseñar a alguien a sentir su propio cuerpo puede ser el acto más íntimo de todos.
Relatos que exploran los deseos mas profundos
Aquella noche entendí que enseñar a alguien a sentir su propio cuerpo puede ser el acto más íntimo de todos.
Era la primera vez en semanas que tenía la casa para mí sola. Supe desde el primer segundo exactamente lo que iba a hacer con esas horas.
Guardaba sus textos en una carpeta privada, los releía de noche con la luz apagada. Llevaba meses haciéndolo antes de atreverme a escribirle.
Cuando el paquete llegó con la muñeca equivocada, el doctor estuvo a punto de devolverla. Entonces entró su nueva paciente y todo cambió.
Marcos le dijo que sería una noche diferente. Lo que Laura no sabía era que sus amigos iban a apostar fichas para ganar favores con ella.
Nunca le di like. Nunca comenté. Solo leía sus textos a medianoche y me preguntaba si él también pensaba en alguien como yo.
Mientras él describía cómo envolvía a sus amantes en film transparente, yo cruzaba las piernas y fingía que el vino era la razón de mi calor.
Valeria lleva veinte minutos sola en casa, tumbada en la cama, con la tarde entera por delante y un calor entre las piernas que ya no puede ignorar.
Cuando Diego detuvo el coche frente al motel, supe que aquella conversación de madrugada sobre mi fantasía más secreta había tenido consecuencias.
La casa estaba vacía y las cortinas cerradas. Era el momento perfecto para lo que nadie debía saber. Hasta que escuché la llave en la cerradura.
Los jueves tenía la casa para mí solo y me permitía serlo. Hasta que una noche ella volvió antes de tiempo y todo cambió para siempre.
Era ginecólogo. Llevaba años durmiendo solo. Hasta la mañana en que una paciente entró al consultorio con la cara exacta de la muñeca que ocultaba en su cuarto.
Ella ya sabía cómo vestirse cuando me esperaba en la puerta. Sin ropa interior, el vestido corto, y esa sonrisa que prometía que la noche iba a ser larga.
La pregunta que le hice un viernes por la noche en la cama fue solo el principio. El juego ya llevaba semanas en marcha y él no lo sabía.
Llevaba semanas escribiendo fantasías para desconocidos. Esa noche quise ser yo la protagonista del relato que él no podía dejar de leer.
Pusimos música bajita, apagamos las luces y nos prometimos que lo que se dijera esa noche no saldría de ahí. La promesa más difícil de cumplir.
Las siete de la mañana, el marido aún dormido, y ya siento ese calor que se instala entre las piernas sin pedir permiso. Otro día igual. O peor.
Cuando bajé al arroyo a aliviarme, no pensé que la luna y las luciérnagas serían los únicos testigos. Hasta que al amanecer descubrí que no eran los únicos.
Me dije que solo sería un café. Que podía controlar la situación. Pero cuando abrió la puerta antes de que yo tocara el timbre, ya no había vuelta atrás.
Sabía que esa noche iba a ir demasiado lejos. Lo sentí desde el principio, y aun así no pude parar hasta ver hasta dónde llegaba mi propio cuerpo.