Me toqué sola en el parque a medianoche
Me levanté a la madrugada con el cuerpo en llamas y salí al parque en camisón, sin nada debajo. Cada brisa era una caricia. Cada farola, un testigo silencioso.
Relatos que exploran los deseos mas profundos
Me levanté a la madrugada con el cuerpo en llamas y salí al parque en camisón, sin nada debajo. Cada brisa era una caricia. Cada farola, un testigo silencioso.
Cuando el masajista se desnudó a mi espalda y los dedos de ella se cerraron sobre la erección de mi marido, supe que aquel aniversario no tendría retorno.
Empecé sola en mi cuarto con el porno de siempre. Terminé escribiéndole a cinco desconocidos para que me dijeran qué pensaban de mí desnuda.
Éramos los mejores amigos desde el colegio. Nadie habría sospechado lo que hacíamos a solas cuando sus padres se iban de casa.
El calor del verano, el alcohol y cuatro amigas dispuestas a decirlo todo. Sofi fue la primera en romper el hielo con una fantasía que nadie esperaba.
Cuando el sistema parpadeó verde y la pantalla cobró nitidez, lo último que esperaba ver era a Camila acercándose desnuda al sillón donde mi marido leía el periódico.
Llevábamos años de silencios y cenas frías. Cuando entró a arreglar la chimenea, algo se quebró en mí. Y yo lo dejé pasar.
Las teclas resonaban bajo mis dedos cuando sonó el teléfono. Reconocí su voz antes de que dijera mi nombre y supe que esa noche no iba a terminar sola.
Tenía más de cincuenta años y llevaba meses sin sentirse deseada. Entonces llegó él: más joven, con esa mirada que no engañaba a ninguna mujer.
Sabía que entre don Rodrigo y yo nunca podría pasar nada. Pero encontré la manera de hacerlo real, aunque fuera una sola vez, aunque nadie más lo supiera.
Cuando ella me dijo «sí», supe que esa noche cambiaría todo. Tres cuerpos, una sola cama y una promesa entre los dos: nada de tabúes, nada de miedo.
Cada mañana me despierto en mi jaula con los vibradores puestos, esperando que el amo baje por mí. Hoy será un día muy largo.
La luna iluminaba el arroyo, las luciérnagas revoloteaban a mi alrededor y yo estaba sola en el bosque con mis ganas y un juguete que no había planeado usar.
Tenía los dedos sobre el teclado y un capítulo a medias cuando vibró el teléfono. Su voz al otro lado bastó para que dejara de escribir y empezara a improvisar.
Desperté con las sábanas húmedas por lo que había soñado. Me toqué antes de levantarme. Y el día entero fue igual: el cuerpo con su propia agenda.
La primera vez que lo vi supe que era un error. Un error que pasé tres años evitando, hasta la noche que llamó a mi puerta a las dos de la madrugada.
Empezó como una noche de pizza y fernet. Terminó con cada una confesando la fantasía erótica más sucia que jamás dijo en voz alta.
Era pasada la una y, en aquella banca escondida del parque, me bajé el dobladillo con dos dedos para ver hasta dónde podía sostenerme antes de correr a casa.
Valentina llevaba todo el día mirándola distinto. Cuando el último invitado se fue, los tres subieron a la suite y el silencio lo dijo todo.
Esa noche estaba sola, las cortinas cerradas, y decidí explorar hasta donde nunca había llegado. Lo que pasó después me dejó temblando frente al espejo durante horas.