Desperté desnudo en la cama de mi rival
Andrés se despertó desnudo en la cama de su mayor rival. Sin recuerdos de la noche anterior, solo quería irse. Pero algo no dejaba de retenerlo.
Relatos de deseo y encuentros entre hombres
Andrés se despertó desnudo en la cama de su mayor rival. Sin recuerdos de la noche anterior, solo quería irse. Pero algo no dejaba de retenerlo.
Cuando el tráiler entró al aparcamiento del mesón, ninguna de las tres pensaba en él. Esa misma semana, las tres terminaron debajo del mismo hombre.
Se escabulleron entre los árboles con el pretexto de fumar. Lo que empezó como un porro compartido terminó con Rodrigo desnudo y Tomás de rodillas.
Cuando entré al camión con él esa noche, supe que algo iba a pasar. Lo que no imaginé fue terminar de rodillas en la oscuridad mirándolo así.
La primera vez que me lo dijo, pensé que bromeaba. La segunda, ya tenía la mano en mi nuca empujándome hacia donde ella quería que fuera.
Cuando lo invité a subir a casa juré que solo era una segunda parte. Tres horas después no sabía dónde acababa mi marido y dónde empezaba él.
En el bar, Mariana se acercó a dos extraños sin decirme nada. Cuando volvió, fue para subirnos a un taxi. En el camino entendí que yo también era parte del precio.
Mis amigos me preguntan por qué desperdicio el verano en un pueblo perdido. Si supieran lo que pasa cuando cierro la puerta de la casa del viejo.
Cuando le abrí la puerta, sentí cómo sus ojos se clavaban en la tira negra que asomaba por encima de mi vaquero. Sonrió antes de empujarme hacia dentro.
Faltaban horas para la ceremonia y allí estaba yo, sentado en el mármol caliente del hammam, sintiendo cómo la mirada de mi futuro suegro pesaba más que el vapor.
Su cremallera estaba bajada. Yo, arrodillado en la oscuridad del camión, levanté la mirada y entendí que esa orden no tenía nada que ver con etiquetas.
Pensé que era apuesta segura. Diego juraba que ningún cuerpo de mujer lo encendía. La cerveza estaba abierta cuando entendí que esa tarde no iba a haber farol.
Eran las dos de la tarde, ellos en ropa interior, yo en shorts. La resaca pesaba menos que mi calentura acumulada. Y entonces propuse algo que llevaba meses pensando.
Cerramos la puerta, encendimos la consola y mi hermano se recostó sobre mis piernas con esa sonrisa nerviosa que solo le sale cuando guarda algo que se muere por contar.
Cuando abrí los ojos esa mañana, no estaba en mi habitación. Estaba completamente desnudo en una cama que olía a alguien con quien jamás debí pasar la noche.
Bailábamos pegados como siempre, hasta que sentí algo duro contra mi espalda baja. Era él, mi mejor amigo desde la infancia, y yo no quería que se apartara.
Cuando mis padres se fueron al pueblo, mi tío Andrés se quitó el bañador y me preguntó si me molestaba. No me molestaba. Para nada.
Dos socios, doscientos kilómetros por delante y una pareja joven pidiendo que la subieran al coche. La decisión que tomaron en aquella cala lo cambió todo.
Cuando perdí la última partida y quedé desnudo frente a ellos, supe que aquella noche no iba a terminar como había empezado. Y ya no quería que terminara.
Bajó a la piscina, se quitó la camiseta y se tumbó frente a mí. Entonces entendí por qué mi tío había insistido en pasar esa semana solo conmigo.