El desconocido de la cala que cumplió mi fantasía
Llevaba años con esa curiosidad sin nombre. Cuando Diego apareció en la cala, solo y con tiempo libre, algo cambió antes de que terminara el día.
Relatos de deseo y encuentros entre hombres
Llevaba años con esa curiosidad sin nombre. Cuando Diego apareció en la cala, solo y con tiempo libre, algo cambió antes de que terminara el día.
Cuando llegué a su departamento aquella tarde de sábado, me había depilado entero y no llevaba ropa interior. Sabía exactamente a qué iba. O eso creía.
Marcos llegó puntual con su traje oscuro, oliendo a colonia cara. Cuando cerré la puerta del departamento, supe que los dos estábamos a punto de cruzar una línea.
Una apuesta, alcohol y años de amistad. Esa noche, Adrián y Marcos descubrieron que algunos límites no están donde uno cree.
Cuando Rodrigo llegó con «él», tardé varios minutos en entender que ese cuerpo perfecto y esas caderas pertenecían a un hombre. Esa noche todo cambió.
Sabía lo que quería darle para su cumpleaños. No era un objeto ni una sorpresa del todo: era algo que los dos queríamos y ninguno se había atrevido a pedir.
Tenía más de setenta años y todavía levantaba pasiones. Cuando el chico del piso de enfrente llegó a pedirle azúcar, ninguno de los dos imaginó lo que vendría después.
Llevaba días con esa fantasía dando vueltas en la cabeza. Cuando Héctor apareció en la cancha vacía, supe que la noche iba a terminar de otra manera.
Cuando se agachó a buscar en el cajón del fondo, su pantalón viejo se rajó. Yo no llevaba ropa interior. El pasillo estaba desierto.
Llevábamos meses hablando por chat antes de vernos en persona. Cuando lo vi en la entrada del teatro, supe que esa noche no iba a terminar como había planeado.
Matías me penetraba despacio mientras yo intentaba no hacer ruido. Entonces escuché la puerta abrirse y supe que ella había vuelto antes de lo previsto.
Pinché en la cuneta una tarde de domingo y, sin saberlo, entré en una familia donde el deseo no respetaba parentescos ni promesas hechas en voz alta.
Ella me espera dormida en casa cuando salgo a verlo. Llevo meses así, con la sensación de que mi cuerpo no me pertenece del todo cuando estoy con ella.
Llevaba quince años deseando a Marta. Aquella noche, en la puerta de su dormitorio, descubrí que ella sabía exactamente qué precio estaba dispuesto a pagar.
Llevaba semanas hablando con Rodrigo antes de atreverme. Cuando por fin entré a su taller y cerró la puerta con llave, supe que no había vuelta atrás.
Siempre supe que quería rendirme por completo ante alguien. Lo que no sabía era que ese alguien sería un desconocido enorme que me había golpeado por error.
Lo tenía borracho en mis manos. Meses de fantasías con mi compañero de cuarto, y ahora solo nos separaba la tela húmeda de su ropa interior.
Cuando la lluvia nos atrapó en su apartamento y la noche avanzó, ninguno habló de lo que estaba pasando. Solo actuamos. Y esa noche descubrí algo sobre mí.
Puse el café en la mesa, empezamos a hablar, y lo último que recuerdo es que el sueño me venció. Cuando desperté, estaba atado de pies y manos.
Un camionero africano con fama de semental. Un cruce de carretera. Una semana que nadie en el pueblo olvidó.