Aprendí a darle lo que más me pedía
Cada tarde ponía el dildo en la silla y seguía trabajando. Me estaba preparando para darle a Marcos lo que llevaba meses pidiéndome.
Relatos de deseo y encuentros entre hombres
Cada tarde ponía el dildo en la silla y seguía trabajando. Me estaba preparando para darle a Marcos lo que llevaba meses pidiéndome.
Éramos amigos desde la adolescencia, los dos casados, los dos seguros de quiénes éramos. Hasta que él me mandó ese video y algo en mí dejó de ser tan seguro.
Adrián tenía esa foto que me había quitado el sueño. Cuando cruzó la puerta, supe que la noche no iba a decepcionar a ninguno de los dos.
Cuando vi la foto de su cuerpo supe que estaba en territorio desconocido. No lo cerré. Lo guardé. Y esa decisión lo cambió todo.
Por fin tenía su cuerpo frente a mí, a centímetros de distancia. Mi mejor amigo. Mi hombre. Y yo dispuesto a no dejar escapar ese momento por nada del mundo.
Llevábamos semanas mirándonos en el gym sin decir nada. Cuando al fin cruzamos palabras, los dos sabíamos a dónde iba a llevar aquello.
Llevaba meses sin un hombre cuando publiqué ese anuncio. Marcos fue el único que pareció de verdad interesado, y lo que pasó esa tarde no lo olvidé nunca.
Llevaba años diciéndoles a los hombres que era versátil. Mentía. Cuando finalmente me rendí a ser pasivo, todo encajó de una manera que daba vértigo.
Me gustan las mujeres y la quiero a ella, pero hay algo que solo encuentro en otros hombres y no puedo dejar de buscarlo, por más que lo intente.
Lo vi marcharse el lunes con la maleta y un beso seco. Esa misma noche, en la cama, supe que su ausencia pesaba más que cualquier orgasmo.
No me atraen los hombres, me atraen las pollas. Por eso engaño a mi novia con dos amantes que ella nunca podrá imaginar, y cada semana me cuesta más volver a casa con ella.
Andrés se despertó desnudo en la cama de su mayor rival. Sin recuerdos de la noche anterior, solo quería irse. Pero algo no dejaba de retenerlo.
Cuando el tráiler entró al aparcamiento del mesón, ninguna de las tres pensaba en él. Esa misma semana, las tres terminaron debajo del mismo hombre.
Se escabulleron entre los árboles con el pretexto de fumar. Lo que empezó como un porro compartido terminó con Rodrigo desnudo y Tomás de rodillas.
Cuando entré al camión con él esa noche, supe que algo iba a pasar. Lo que no imaginé fue terminar de rodillas en la oscuridad mirándolo así.
La primera vez que me lo dijo, pensé que bromeaba. La segunda, ya tenía la mano en mi nuca empujándome hacia donde ella quería que fuera.
Cuando lo invité a subir a casa juré que solo era una segunda parte. Tres horas después no sabía dónde acababa mi marido y dónde empezaba él.
En el bar, Mariana se acercó a dos extraños sin decirme nada. Cuando volvió, fue para subirnos a un taxi. En el camino entendí que yo también era parte del precio.
Mis amigos me preguntan por qué desperdicio el verano en un pueblo perdido. Si supieran lo que pasa cuando cierro la puerta de la casa del viejo.
Cuando le abrí la puerta, sentí cómo sus ojos se clavaban en la tira negra que asomaba por encima de mi vaquero. Sonrió antes de empujarme hacia dentro.