La sesión de bondage que despertó mis fantasmas
Las cuerdas me marcaron la piel de rojo. La culpa me marcó el alma de negro. Y ese hombre seguía buscando la grieta por donde romperme del todo.
Relatos de deseo y encuentros entre hombres
Las cuerdas me marcaron la piel de rojo. La culpa me marcó el alma de negro. Y ese hombre seguía buscando la grieta por donde romperme del todo.
La tele puesta, las luces apagadas, una manta que nos cubría a los tres. Nadie dijo nada. Fue mi amigo quien movió primero la mano, despacio, como si llevara tiempo esperando ese momento.
Llevaba un cuaderno de versos bajo el brazo y sonrió como si supiera lo que estaba pensando. No debería haber vuelto sobre mis pasos. Pero lo hice.
Era su primera vez con un hombre, pero cuando Rodrigo le preguntó si lo quería hacer, no supo decir que no.
Llegó empapado, con las marcas de la última sesión todavía latiendo bajo la ropa. Nadie en la ciudad sabía que el hombre más temido venía a arrodillarse ante mí.
Éramos tres y los tres queríamos lo mismo: ser follados bien. La solución fue llamar a un chapero colombiano que tardó veinte minutos en llegar.
Casado, con lencería femenina bajo el pantalón, llegué una noche a esa esquina oscura donde hombres esperaban en la sombra. Y todo cambió.
Nunca pensé que depilarme iba a cambiar algo. Pero cuando él me pasó la cera por los glúteos y me pidió que me pusiera en cuatro, algo en mí se encendió.
Me acosté boca abajo, dejé la puerta abierta y esperé. No tardaron en llegar. Lo que pasó durante la siguiente hora superó cualquier viernes anterior.
Sus dedos subieron despacio por mis muslos. Supe entonces que ese masaje iba a ser algo completamente diferente a lo que había pedido.
Llevábamos minutos caminando cuando empecé a reconocer las calles. Cuando él abrió esa puerta, supe que ya había estado allí, aunque nunca imaginé en qué circunstancias.
Salir con tanga y corpiño bajo las calzas era mi ritual secreto. No esperaba que alguien se animara a seguirme. Ni que yo quisiera tanto que lo hiciera.
Quedé con él en una plaza que no conocía, en una ciudad que no era la mía. Me invitó a su departamento y perdimos la noción del tiempo.
Vivía en el campo y podía vestir ropa de mujer todo el día sin que nadie me molestara. Hasta que un desconocido escribió diciendo que le gustaban mis fotos.
Avisé que era yo, como hacíamos siempre. Él respondió que pasara. Lo encontré en el baño, afeitándose, desnudo. Tenía el cuerpo que yo había tratado de no mirar durante meses.
Entre las ocho y el mediodía, tres hombres distintos cruzaron mi puerta. Cada uno buscaba algo diferente, y yo tenía ganas de darlo todo.
Me bajé de la moto a media cuadra y entré en silencio por la puerta trasera. Desde el dormitorio llegaban voces que tardé en reconocer.
Cuarenta y siete años siendo un hombre de mujeres. Hasta aquella noche en Mendoza, cuando Andrés cerró la puerta de mi suite y encendió un cigarrillo.
Fui a arreglarle el lavarropas con una tanga roja debajo del pantalón. Solo tenía que encontrar el momento para que la notara. Él no dijo nada, pero se quedó a mirar.
Llegué a su apartamento a la hora acordada. Él me abrió la puerta en bata; ella bajó después, nerviosa y emocionada. La noche sería larga.