Tres hombres maduros se repartieron mi cuerpo
Estaba al límite. Sin dinero y sin opciones, marqué el número de Rodrigo sabiendo exactamente lo que implicaba volver a verlo.
Relatos de deseo y encuentros entre hombres
Estaba al límite. Sin dinero y sin opciones, marqué el número de Rodrigo sabiendo exactamente lo que implicaba volver a verlo.
Esa mañana la ducha duró casi una hora. Empezó con espuma y terminó con algo que nunca antes me había atrevido a descubrir del todo.
Chupé muchas vergas antes de atreverme. Pero siempre llegaba un momento en que me detenía. Esa noche, un desconocido me convenció de cruzar ese límite.
Llevaba años ocultando esa parte de mí, pero con ella era distinto. Cuando me dijo que quería vernos, supe que no había forma de decirle que no.
Tenía cuarenta y seis años, mujer, amantes y una vida perfectamente ordenada. Entonces lo vi salir del baño y no pude apartar los ojos. Eso fue el principio.
Tenía cuarenta y ocho años, esposa, tres hijos y ninguna duda sobre quién era. Todo eso cambió el día que un chico joven me pidió que lo llevara al metro.
Se había presentado como el activo del chat. Pero cuando le puse las manos en los hombros y vi cómo se relajó, entendí que esa tarde las reglas iban a cambiar.
Remiseros que llegaban como activos y terminaban pidiéndome que los penetrara. Empleados que besaban como locos. Cada oficio era un mundo distinto.
Terminé mi turno, hacía un frío brutal en el andén, y el chofer me dijo que podía quedarme en su autobús para calentarme. No tenía idea de lo que vendría.
Llevaba semanas sin respirar por culpa del trabajo. Esa noche quise celebrar solo. Entré en el primer bar que vi y salí siendo otro.
Cuando el ascensor se cerró, se acercó a mí y dijo en voz baja: —De ahora en más, solo harás lo que te ordene. Y yo lo supe de inmediato.
Cuando Rodrigo me abrió la puerta, supe que no había vuelta atrás. Mi vida estaba a punto de cambiar de una manera que nunca imaginé.
Apostamos bajo la cobija a ver si adivinaba qué ropa interior llevaba. No imaginé que esa apuesta terminaría con su peso sobre mí en la habitación del hotel.
La primera vez lo conocí por el chat interno. Entré y lo encontré con la bragueta abierta y esa verga morena que me hizo arrodillarme sin dudar.
Llevaba meses enamorado de Andrés cuando me dijo que su ex vendría a cenar. No imaginé que esa noche acabaría proclamándolo nuestro rey entre los dos.
Cuando volví de la cocina y vi la mano de Marco sobre el muslo de Rodrigo, sentí unos celos que no supe si quería apagar o alimentar.
Tenía veinte años y nunca había estado con un hombre. Esa noche cerrando el gym, el único socio que quedaba entró a las duchas al mismo tiempo que yo.
Llevábamos meses construyendo algo sin nombre. La tarde que por fin me atreví a preguntarle, supe que ya no había vuelta atrás.
Me pasó una piedra por la espalda, murmuró algo que no entendí, y de repente solo quería una cosa: que ese hombre me tomara. No sé si fue brujería. Sé que no me resistí.
Llevaba años con esa curiosidad sin nombre. Cuando Diego apareció en la cala, solo y con tiempo libre, algo cambió antes de que terminara el día.