Lo que el sistema me mostró en casa de mi suegro
Pulsé el monitor sin saber qué habitación se abriría esa tarde, y en la pantalla apareció Marisol entrando al salón con su traje de motera negro.
Pulsé el monitor sin saber qué habitación se abriría esa tarde, y en la pantalla apareció Marisol entrando al salón con su traje de motera negro.
Esa madrugada, junto a Diego dormido, comprendí que no podía pensar en él sin pensar en Mateo. Con un novio nuevo, mi hermano seguía siendo el centro.
Bajé las escaleras descalza y los encontré en el sofá. Mi hermana de rodillas, mi cuñado con los ojos cerrados. Y yo, sin pensarlo, di un paso adelante.
Cuando abrió la puerta y nos vio, pensé que la familia se acababa esa tarde. Lo que no esperaba era oírla confesarme al oído deseos que llevaba años guardando.
Cuando me agaché a recoger el libro, mi hermanastra me bajó los shorts. Las tres se quedaron mirando en silencio y supe que algo ya no podría volver atrás.
Llevaba años fantaseando con un trío. Aquella noche en el chalet familiar entendí que la lujuria a veces vive más cerca de lo que uno imagina.
Sabía que no debía levantar la sábana, que no debía mirar, pero la lluvia golpeaba la ventana y mi hermana respiraba profundo. Bajé la mirada y supe que ya no había vuelta atrás.
Le di permiso para salir con los dos la misma tarde. Cuando volvió al estacionamiento, todavía traía las marcas de uno y a las siete y media tenía cita con el otro.
Mis padres salieron el viernes por la mañana. A la una, mi hermana entró descalza en mi cuarto y echó el pestillo sin pedir permiso a nadie.
Carmen me esperaba cada noche en su cuarto. El sábado en que mi hermana volvió, entendí que el pacto que habíamos sellado iba a reescribirse otra vez.
Cuando volví del baño, mis dos hermanos la tenían acorralada en el centro del salón, y en su mirada no había sorpresa: había una sonrisa que llevaba meses esperando ese momento.
Cuando bajé al salón con las bragas que él me había mandado ponerme, encontré a los cuatro desnudos en el sofá y entendí que la venganza ya había empezado.
Cuando se encendió la cámara, ella ya esperaba a los dos chicos sentada en el sofá. Yo no podía apartar la vista ni dejar de tocarme mientras los oía gemir.
Llevaba años fingiendo que no miraba los pechos de mi hermana. Aquella tarde, los tres metidos en la bañera, dejé de fingir.
Lo deseaba desde mis primeros amantes y nunca me atreví a decírselo. Aquella tarde, frente a su cámara, descubrí que mi hermano también llevaba años aguantando lo mismo.
Apareció en la puerta sin avisar, con cara de pelea y una botella bajo el brazo. A las tres de la madrugada nada de lo que sabía sobre él era cierto.
Cuando los cepillos del lavadero borraron el mundo de afuera, mi hermana se inclinó sobre el asiento, me apartó el pelo de la frente y susurró algo que ya no podía ignorar.
Cuando subimos a su hermano a la cama, ya no se movía. Camila empezó a quitarle los zapatos, después el cinturón, después algo más.
Bajo la luz del sillón estaba ella, perfumada y maquillada, ya no como mi hermana sino como una mujer cualquiera. Y supe que esta vez no nos detendría nadie.
Pensé que estaba solo en casa. La llave en la cerradura me llegó tarde y, cuando levanté la cabeza del sofá, ella ya me había visto.