Un juego entre amigos terminó en sexo grupal
Llevábamos seis meses saliendo como amigos, sin atrevernos a nada. Esa noche, mientras girábamos la botella, entendí que ellas querían mucho más que nuestra compañía.
Llevábamos seis meses saliendo como amigos, sin atrevernos a nada. Esa noche, mientras girábamos la botella, entendí que ellas querían mucho más que nuestra compañía.
Era nuestra última noche y ya no quedaban turnos ni juegos: solo ocho amigos, mucha piel y la promesa silenciosa de que esa vez nadie se quedaría con las ganas.
Creé el anuncio en secreto, elegí a los candidatos uno por uno y reservé la suite. Solo faltaba que ella cruzara esa puerta y descubriera su verdadero regalo.
Volvíamos a vernos un año después de aquel viaje, y esta vez Marina traía a un invitado que no sabía nada de lo que íbamos a hacer en esa casa junto al lago.
Nos quedamos dormidas desnudas al sol, y cuando abrimos los ojos cuatro pares de ojos jóvenes nos miraban desde el borde de la pileta.
Lucía dejó la botella de tequila en el centro de la alfombra y sonrió: el que no cumpliera el reto, bebía. Ninguno imaginaba hasta dónde estábamos dispuestos a llegar esa noche.
Pensé que solo serían unas fotos más. No imaginé que las manos de los tres terminarían recorriéndome a la vez, ni que yo me dejaría llevar sin pensar en mi marido.
—Solo a mirar —susurró ella en la puerta del club. Pero las manos de desconocidos ya buscaban su piel, y yo era incapaz de apartar la vista o de detenerlo.
Salimos a tomar el sol sin marcas y sin nadie alrededor. Lo que no imaginábamos era a cuántos íbamos a tener encima antes de volver al agua.
Tumbadas al sol después de lo que acababa de pasar, oíamos cómo se reían de él por no haberse atrevido. Y eso fue justo lo que nos hizo levantarnos.
Éramos cinco y él era uno solo, pero ninguna salió de aquella casa sin gritar su nombre al menos dos veces aquel fin de semana de calor.
Pensé que solo cenaría algo típico antes de dormir. No imaginé que esos dos chicos del bar me llevarían a la noche más desinhibida de mi vida.
Yo solo iba de acompañante, lo juro. Pero cuando los dos entraron en la terraza, idénticos y sonriendo igual, supe que esa noche no me iba a portar bien.
Era su primer aquelarre y la más joven del círculo. Todas querían tocarla, pero ella solo buscaba a la rubia que la miraba desde el otro lado del fuego.
Eran las dos de la madrugada, la botella estaba casi vacía y ella seguía riéndose en mi sofá. Supe que ese era el momento que tanto había esperado.
Subí los pies a su regazo sin pensarlo, como tantas otras noches. Pero esa vez Daniela me miró distinto, y supe que ya no había marcha atrás.
Marina sabía exactamente dónde tocar para que el cuerpo de Lucía dejara de obedecerle. Esa noche, en la penumbra del hotel, decidió averiguar hasta dónde llegaba su curiosidad.
Pasé media vida creyendo que lo tenía todo, hasta que la vi parada en la línea de producción y supe que no iba a parar hasta tenerla en mi cama.
Veinte años separaban a Mariana de su maestra, pero cuando aquella mano se detuvo en su cadera durante el ensayo, supo que ya no la miraba igual.
Pensaba que lo más difícil del año sería aprobar el examen de inglés. Me equivoqué: lo más difícil fue disimular cuánto deseaba a la mujer que venía a enseñarme.