Los amigos de mi hijo apostaron por mí ese verano
Tenían veintipocos años, eran descarados y guapos, y eran amigos de mi hijo. Yo acababa de cumplir los cincuenta. Esa noche, junto a la piscina, dejé de fingir que no los deseaba.
Tenían veintipocos años, eran descarados y guapos, y eran amigos de mi hijo. Yo acababa de cumplir los cincuenta. Esa noche, junto a la piscina, dejé de fingir que no los deseaba.
Tenía la edad de mi hija mayor y se empinaba para mirarme el escote mientras yo firmaba. No dije nada. Al día siguiente elegí el vestido pensando en él.
Apagué la luz convencida de que no vendría. Entonces sonó el timbre dos veces y supe que esa noche no iba a dormir nada.
Pidió un masaje para la contractura. Lo que no pidió fue la voz grave de él diciéndole que iba a trabajar más profundo, ni lo que ella respondió.
Salgo al jardín casi desnuda porque sé que él me observa tras las cortinas. Hoy he preparado algo especial para mi mirón favorito.
Entré a esa discoteca convencida de que yo elegía. Tres horas después, un desconocido me había desarmado por completo y yo le rogaba que no parara.
Me puse el vestido más corto que tenía, sin sujetador, y entré en su cuarto con una excusa tonta. Solo quería comprobar si aún podía poner nervioso a un hombre.
Yo solo quería ver hasta dónde llegaba mi mujer con esos dos chicos. Me encendí un cigarro y me quedé quieto, mirando cómo empezaba el juego.
Llevaba años escribiendo orgasmos para desconocidos sin rostro. Aquella madrugada, por primera vez, alguien al otro lado de la pantalla quiso saber cómo se llamaba de verdad.
Cuando bajó del furgón con esa sonrisa, supe que el calentador averiado sería la mejor excusa que el destino me había regalado en años.
Bajé al baño a medianoche y la puerta entreabierta me reveló algo que jamás imaginé: mi madre, a la que creía dormida, no estaba sola en la ducha.
Mis padres se fueron de vacaciones y me dejaron a cargo de una asistenta colombiana. Yo tenía veinticuatro años; ella, el doble. La primera noche que volví solo, todo cambió.
Cuando volví a casa de mi hija temblando todavía, supe que los días que me quedaban a solas con su marido iban a cambiarlo todo.
Crucé media ciudad creyendo que íbamos a comer algo. Cuando abrí el ropero de la habitación diez, ella salió con una torta encendida y una sonrisa que no era inocente.
Empezó como envidia: ellas tenían lo que a mí me faltaba hacía años. Lo que no calculé fue hasta dónde estaba dispuesta a llegar para sentirlo en mi propia piel.
Crucé el rellano para ver a la mujer que me había desvirgado, pero ese día el edificio entero parecía decidido a darme una lección que no olvidaría.
Cuando se quitó el pantalón en el probador, ella tuvo que apartarse de la cortina para que no la oyera contener el aliento.
Era nuevo, tímido y educado. No imaginó que esa tarde, cuando todos se fueron de la oficina, una sola orden mía bastaría para ponerlo de rodillas.
Sabía que debía irse, dar media vuelta y respetar la intimidad de Lucía. Pero los gemidos del otro lado de la puerta la clavaron en el sitio, conteniendo la respiración.
Fui al baño riéndome con mis amigas y volví caminando junto a un desconocido que no dejaba de soltarme indirectas. No pensaba parar a tiempo.