La italiana del hotel pagó por algo más que el coche
Me daba cien euros de propina por una carrera de tres kilómetros. Tardé dos días en entender que el dinero era solo el principio de lo que pretendía.
Me daba cien euros de propina por una carrera de tres kilómetros. Tardé dos días en entender que el dinero era solo el principio de lo que pretendía.
Le abrí la puerta con un solo vestido de botones y nada debajo. Si entendía la invitación, perfecto; si no, ya sabría yo cómo dejársela clara.
Nunca le dije lo que imaginaba por las noches mientras ella dormía a mi lado. Esta es la confesión que llevo callando desde que llegamos a esa ciudad.
Crecí entendiendo el naturismo como algo natural, pero nada me preparó para el día en que el novio de mi madre dejó de taparse delante de mí.
Madrugo para tener el gimnasio para mí sola. Pero desde hace tres semanas hay un motivo mucho mejor para llegar antes que nadie: él, y esa sonrisa de escándalo.
A mis cuarenta y nueve creía haberlo visto todo, hasta que aquel desconocido empapado se quitó la camiseta en mi patio y supe que la tarde no terminaría con la jardinería.
La solicitud venía de un chico tímido, amigo de mi sobrino. Tardé semanas en contestarle y un mes en aceptar que quería tenerlo en mi cama.
Me sacó dos sonrisas en una semana y le di mi número. Esa tarde le enseñé, en la escalera de su edificio, todo lo que una mujer con experiencia puede hacer.
Le mostró su teléfono con las manos temblando. No era un mensaje de otro chico: era una lista de búsquedas que confesaba todo lo que llevaba años callando.
Cuando la puerta del armario se cerró y quedamos a oscuras, sentí su mano subir por mi pierna. Solo teníamos diez minutos.
Siempre fui el seguro de los dos. Pero con las esposas frías en mis muñecas y su sonrisa nueva encima de mí, entendí que ya no era yo quien mandaba.
Pensé que aguantar diez golpes sería fácil. No conté con que ella disfrutaría cada uno, ni con lo mucho que yo terminaría disfrutándolos también.
Bastó un resbalón y unas risas crueles para que descubriera que aquella vergüenza, lejos de doler, encendía algo nuevo y oscuro dentro de él.
Bajé el pantalón creyendo que nadie me veía. Cuando tropecé y caí a la arena, dos pares de ojos ya me observaban con una sonrisa que no prometía nada bueno.
Se sentó a la mesa con su sonrisa de siempre, esa de quien se cree el dueño del mundo. No imaginaba que esa tarde íbamos a borrársela para siempre.
Sabía que dos desconocidos me observaban desde la terraza de arriba. Lo que no imaginé fue que esa misma tarde los tendría a ellos y a su hermana en nuestra cama.
Cuando Daniela me preguntó si había traído el juguete, supe que esa noche en mi casa vacía iba a terminar muy lejos de donde yo creía controlar.
Buscaba carne joven en el andén, y los tres chicos de la mochila de playa no sospechaban que la presa era ella quien los cazaba a ellos.
Dejé que caminaran delante para mirarlas sin disimulo. No imaginé que, antes del mediodía, las dos me llamarían con un gesto desde detrás de las palmeras.
Me despertó su boca alrededor de mi verga y supe que el segundo día en la casa de la playa iba a ser todavía más largo que el primero.