La clase particular que se nos fue de las manos
Llevaba una semana lejos de ella y, en cuanto crucé la puerta de su casa, supe que esa clase no iba a tratarse de ningún examen.
Llevaba una semana lejos de ella y, en cuanto crucé la puerta de su casa, supe que esa clase no iba a tratarse de ningún examen.
Pensé que la tenía acorralada contra la pared. Tardé un segundo en entender que la única atrapada en esa casa vacía era yo.
Ella dirigía el retiro con la devoción de quien nunca rompe una regla. Yo solo quería un masaje a solas, lejos de los rezos y de las miradas ajenas.
Bruno me había roto el corazón otra vez, pero quien me esperaba en aquella casa de las afueras no era él, sino su madre, con un vestido que no dejaba nada a la imaginación.
Me empujó contra la pared con un beso lento, bajó la voz hasta el susurro y me dijo que sería una buena niña. No supe su nombre, pero la obedecí.
Cada vez que pasaba junto a mi mesa perdía el hilo de lo que hacía. No imaginaba que un solo descuido iba a delatar todo lo que sentía por ella.
Nunca había pensado en Nora de esa manera, hasta que se rozó contra mí en el bar y entendí, por su sonrisa, que ella llevaba mucho tiempo pensándolo.
Cinco años entrenando y nunca había competido. Esa última tarde, cuando su entrenadora se sentó a horcajadas sobre ella, supo que no eran los nervios lo que la hacía temblar.
No quité los ojos de ella cuando se acercó a la cama. Sabía que lo que iba a pasar no debía pasar, y aun así dejé que se sentara sobre mis piernas.
Llegamos al club pasada la medianoche sin saber muy bien qué buscábamos. Lo supimos cuando Mara salió del agua, nos miró a los dos y sonrió como si ya nos conociera.
Cuando Diego me pidió que me sentara entre los dos asientos, supe que aquel viaje todavía no había terminado y que esa noche ninguno de los dos iba a irse temprano.
Cuando Marina los llevó al sofá y les pidió que empezaran sin prisa, supe que esa cena con la pareja del gimnasio no iba a terminar como cualquier otra noche.
Estaba desnuda sobre el regazo de su novio, todavía agitada, cuando lo dijo con una media sonrisa: «Ya que nos hemos puesto… podríamos seguir». Nadie se esperaba eso de ella.
Eran recién casados y nos pidieron que les mostráramos lo que sabíamos. Mi marido y yo nos miramos: aquella noche iba a ser muy larga.
Estábamos solas en la arena, desnudas y excitadas, cuando descubrí que dos jóvenes nos espiaban desde las rocas. Romina solo me preguntó si quería seguir.
Abrí la puerta con un vestido fino y nada debajo. El chico que traía mis flores no sabía que el ramo era lo de menos esa tarde de calor.
Recibí su mensaje a las diez de la mañana y supe que esa tarde, con la casa vacía, le concedería justo aquello que su novia jamás le permitiría.
Habíamos sido el primer amor el uno del otro. Diez años después ella volvía al pueblo, y yo aún no sabía que esa noche aprendería a odiar la sonrisa fácil de mi mejor amigo.
Quedaba una semana para mi boda cuando me senté en el centro del salón y dejé que un desconocido me convenciera de cruzar a esa habitación.
Mientras él guarda las fichas de dominó y se marcha al club, ella ya tiene el cuerpo encendido pensando en lo que la espera en ese piso de estudiantes.