El masaje que mi cuñado me dio frente a mi marido
Cuando Diego salió de la ducha con la toalla apenas atada, Lucía supo que esa semana iba a ser muy difícil de soportar en silencio.
Cuando Diego salió de la ducha con la toalla apenas atada, Lucía supo que esa semana iba a ser muy difícil de soportar en silencio.
Se sentó en el sofá, a un palmo de mí, con esa cara de niño arrepentido que tan bien le funcionaba. Y yo, que llevaba semanas sin dormir, supe que iba a perdonarlo otra vez.
Bajé a la cala más solitaria a disfrutar del sol, pero detrás de aquella sombrilla tumbada había algo que no debía ver. Y se me ocurrió una idea.
Esa noche, escondido en la sombra del pasillo, mi marido entendió que ofrecerme a otro hombre tenía un precio: ver cómo otro me daba lo que él ya no sabía darme.
Aitor presumía de que ninguna mujer se le resistía y su anciana vecina lo escuchaba divertida… hasta que el chico reveló a quién pensaba seducir esta vez.
Marina creía que solo era un muchacho indefenso. Esa tarde, descubrió que detrás de la timidez había alguien dispuesto a tomar el control de todo.
Cinco años después la vi empujando un carrito con una niña dentro. Bajó la mirada y salió corriendo. Ninguno de los dos quería recordar lo que grabamos juntos.
Lo besé dentro del coche antes de entrar a la fiesta, sin imaginar que adentro me esperaba la última persona que querría encontrar: mi propio padre.
Le prometí a mi amigo que no tocaría a su hermanita. Lo que no le dije es que su mejor amiga se sentaba a mi lado cada clase, demasiado cerca para concentrarme en los números.
Salí del baño con el bikini a medio desabrochar y él estaba ahí, secándose el pelo. Nos quedamos congelados. Lo que pasó después todavía me hace sonreír.
Hacía meses que nadie la tocaba. Esa tarde de enero, con el vestuario vacío y los tres pibes todavía sudados, dejó de pensar y se entregó a lo que vendría.
Siempre lo evité por callado y raro. Hasta que un empujón en el metro me hizo descubrir lo que escondía debajo de esa ropa enorme, y ya no pude pensar en otra cosa.
Subí a ver por qué gritaba la chica del cuarto del fondo. No imaginé que iba a soltarse la toalla y pedirme que mirara, como si fuera la cosa más natural del mundo.
Llegaron al rancho buscando un colchón donde pasar la noche. Lo que no esperaban era el relato que los dos hermanos guardaban desde hacía años, ni las ganas con que se lo iban a contar.
El frío casi la mata en la montaña. Cuando despertó, estaba envuelta en una manta frente al fuego, y el hombre que la había salvado la miraba como si fuera lo único vivo en kilómetros.
Pasé doce meses cargando focos y odiando mi vida. Esa madrugada, junto a la fuente, una desconocida me pidió que la fotografiara como nadie se había atrevido.
Un muchacho que revisaba un contenedor me chistó en la calle, y cuando me dijo por qué, quise desaparecer. Lo que no imaginé fue cómo terminaría agradeciéndole.
Pensé que era el más disciplinado de la facultad. Entonces ella se recargó en la puerta del aula vacía y me dejó claro que sabía todo lo que yo escondía.
Llevaba dos años sin que nadie me tocara. Mi hija lo sabía, y esa tarde apareció en mi cuarto con un hilo dos tallas demasiado pequeño y una idea en la cabeza.
Frené la bici, le arreglé la cadena y seguí a mi oficina sin saber que esa desconocida iba a costarme el empleo... y a darme mucho más que un mal día.