Don Alberto me esperaba en la cocina a las tres
Bajé a la cocina en camiseta y ropa interior. Él estaba en la oscuridad, con el torso descubierto, mirándome como si llevara horas esperando que apareciera.
Bajé a la cocina en camiseta y ropa interior. Él estaba en la oscuridad, con el torso descubierto, mirándome como si llevara horas esperando que apareciera.
Entre los arbustos del río, Marcos descubrió que su vecina no era quien parecía. Ni él tampoco.
Nadie había tocado mi cuerpo así. Cuando sus manos rodearon mi cintura, el libro de texto dejó de existir y empezó otra cosa completamente distinta.
Entró con un grupo, intentó llevarse un set de lencería negra y acabó devolviendo mucho más de lo que robó. Sus ojos azules me lo dijeron todo desde el primer segundo.
Cerré el portátil y todavía sentía sus manos imaginarias en mi piel, la voz grave dando órdenes que yo obedecía sin dudar. Una fantasía tan real que me dejó temblando.
Cuando cerré la puerta del apartamento y estuve solo por fin, las imágenes del entrenamiento se instalaron sin permiso: los hombros de Adrián, los ojos de Gonzalo, el calor del gimnasio.
Me puse la falda más corta que tenía, entré sola al gym y esperé. No tardé mucho en notar que todos los ojos del lugar estaban clavados en mí.
Me pasé meses evitándolo. Valentina me arrastró a su camioneta sin darme escapatoria. Él iba en el asiento del conductor, serio, sin mirarme.
Cuando nos detuvieron en la oscuridad, solo pensaba en escapar. No imaginé que horas después estaría deseando que no terminara.
Llevábamos dos años intentando tener un hijo sin resultado. Cuando el médico confirmó lo que sospechaba, tomé una decisión que aún me cuesta explicar.
Viajaba sola, con ese vestido que siempre me da problemas. Él se sentó a mi lado en el bus y supe desde el primer momento que ese viaje no iba a terminar como había planeado.
Empezó en el patio de la universidad, cuando un puñetazo me dejó sin aliento y sentí algo más que dolor. Desde entonces no pude dejar de buscarlo.
Romina entró a esa fiesta con una seguridad que tienen pocas mujeres. Al día siguiente, cuando me llevó a recoger a su hija, entendí que la noche anterior había sido solo el comienzo.
Era el novio de mi mejor amiga: guapo, tímido, religioso. Demasiado perfecto para que yo no hiciera algo al respecto.
Marcos llevaba meses mirando a sus primas de otra manera. Esa noche, espiando por la terraza, entendió que ya no había vuelta atrás.
Cuando cerró la puerta de su oficina con llave y me miró así, supe que las cajas de documentos eran solo una excusa para lo que vendría después.
Marcos era gay y yo era su mejor amiga desde los quince años. Ocho años de deseo callado, de fingir que no me ardía por dentro cada vez que contaba sus historias.
Llevaba semanas fantaseando con ella desde que la conocí en redes. Cuando llegó a mi puerta con sus aceites de masaje, supe que esa noche sería diferente.
Cuando los vi en la azotea, todo cambió. Mi primo me miraba desde la oscuridad y me preguntó algo que no esperaba escuchar esa noche.
Llevaba meses diciéndole que no. Cuando vi ese teléfono en el aparador, supe exactamente qué podía ofrecerle a cambio de tenerlo.