El fin de semana que Silvia no debía saber
Cuando Laura leyó mi mensaje, canceló todos sus planes. No necesité decir mucho más: dos palabras bastaron para encenderlo todo entre nosotros.
Cuando Laura leyó mi mensaje, canceló todos sus planes. No necesité decir mucho más: dos palabras bastaron para encenderlo todo entre nosotros.
No era que me faltara nada. Era que nunca me había dado cuenta de lo que quería hasta que aquel chico me miró como si yo fuera lo único en el mundo.
Ella se sentó en el banco y me extendió los pies sin decir una palabra. Solo sus ojos hablaban, y lo que decían no dejaba opción alguna.
Pusimos el anuncio por curiosidad. Dos semanas después, un chico joven estaba en nuestro salón, temblando, a punto de ponerse un vestido de encaje negro.
Teníamos 19 años cuando Laura decidió enseñarnos a besar. Lo que empezó como un juego inocente nos llevó mucho más lejos de lo que cualquiera imaginaba.
Sabía perfectamente lo que hacía debajo de esa manta. Y yo decidí no apartarme. Lo que vino después cambió la dinámica entre nosotros para siempre.
Entró al despacho con una camiseta vieja sin nada debajo, mordiendo una aceituna y mirándome como si llevara meses esperando que yo cediera primero.
Cada vez que necesitaba las llaves, él lo sabía. Y yo también sabía lo que venía después, aunque nunca me acostumbré del todo.
No me enseñó por amor. Me enseñó porque nadie más iba a hacerlo, y porque, en el fondo, era lo que los dos necesitábamos.
Un BMW a cambio de una paja semanal parecía un trato simple. Pero los acuerdos con mi padrastro nunca terminaban donde empezaban.
Valeria tenía veinticinco años, era la esposa de mi padre y me miraba como si no supiera si odiarme o devorarme. Yo tampoco lo sabía.
Le mostró las fotos con una sonrisa nerviosa. Él tardó tres segundos en entender lo que miraba, y otros tres en decidir que no pensaba parar.
Llegué agotada de la universidad y me tiré en la cama sin siquiera quitarme los zapatos. No sé cuánto dormí. Cuando abrí los ojos, él ya estaba sentado a mi lado.
Nadia llegó esa mañana con una bolsa de refrescos y unos vaqueros cortísimos. Llevábamos años sin estar solas de verdad. No sabía que eso iba a cambiar.
Vivíamos en el mismo apartamento, desnudos, sin poder tocarnos. Él me miraba como si fuera a devorarme. Un mes de abstinencia antes de que se lo ganara.
Salí a correr con los shorts sueltos y sin ropa interior. El rozamiento, el calor de mayo, el sudor. Cuando llegué al claro entre los pinos, ya sabía lo que necesitaba.
Su respiración se fue haciendo más agitada al otro lado de la pared. Intenté ignorarlo. Entonces escuché mi nombre en su boca y todo cambió.
Escuché cómo se masturbaba pensando en mí. Y yo, en lugar de ignorarlo, cerré los ojos y me uní a él desde el otro lado de la pared.
La casa olía a vino y a silencio. Esa noche, con el kimono abierto y la copa en la mano, decidí que no iba a necesitar a nadie para sentirme viva.
Los gemidos llegaban directo a mis oídos y algo en mí cedió por fin. Esa noche no iba a negarme nada.