Lo que confesamos esa noche con el fernet
Pusimos música bajita, apagamos las luces y nos prometimos que lo que se dijera esa noche no saldría de ahí. La promesa más difícil de cumplir.
Pusimos música bajita, apagamos las luces y nos prometimos que lo que se dijera esa noche no saldría de ahí. La promesa más difícil de cumplir.
Tenía veinte años, una falda demasiado corta y la certeza de que podía manejarlo. Al cerrar la puerta del despacho descubrí que el control nunca había sido mío.
Esa mañana cruzamos la puerta de la comisaría juntos. Esa noche nos quedamos solos en casa, sin barreras, sin miedo. Y supimos que también era el principio del adiós.
Cruzar las piernas en el momento justo fue todo lo que necesité para que dejara de fingir que no me miraba. Lo demás fue cuestión de tiempo.
Cuando bajé al arroyo a aliviarme, no pensé que la luna y las luciérnagas serían los únicos testigos. Hasta que al amanecer descubrí que no eran los únicos.
Olía a tabaco y a campo. No era guapo, pero desde que lo vi por primera vez, algo en mí dejó de funcionar con normalidad.
Salió del baño con una americana blanca que apenas cubría lo justo, un chupete rojo en los labios y esa sonrisa suya. Supe que esa noche iba a ser distinta.
Cuando me arrastró al baño con una mano en mi jersey, dejamos de ser jefa y empleado. Ya no había vuelta atrás.
Cuando escuché los gemidos mezclados con el sonido del agua, debí haberme dado la vuelta. En cambio, me agaché entre los arbustos y me acerqué.
Llevaba cuatro días bajo el mismo techo de la mujer de mi padre cuando ella dejó la puerta de su habitación entornada y me dijo, sin palabras, que subiera.
Sabía que esa noche iba a ir demasiado lejos. Lo sentí desde el principio, y aun así no pude parar hasta ver hasta dónde llegaba mi propio cuerpo.
Lo besé por primera vez a los dieciséis años y no pudimos terminar. Once años después lo encontré en el club de mi novio con otra mujer del brazo.
Me miré al espejo y la cara que vi no era la mía. Era la suya. Y dentro de ese cuerpo ajeno, algo empezó a despertar que no debería haber despertado.
Me puse el vestido negro sin sujetador porque nadie me iba a ver. Error. Tres chicos de veinte años me miraron como si fuera lo único que existía en el mundo.
Bajé a la cocina a medianoche sin imaginar que él seguía despierto. Estaba en el jardín fumando, con ese aire que no se aprende. Me miró y no hice nada por marcharme.
Cuando abrió la caja equivocada, supo que era un error. Pero cuando ella entró al consultorio, pequeña y asustada, la muñeca y la mujer se volvieron lo mismo.
Sofía me contó esa noche que su novio era demasiado para ella. Yo solo sonreí. Para mí, eso no era un problema sino una invitación.
Cuatro colegas, una piscina, una noche entera. El mejor inicio de vacaciones que pude imaginar.
Salí de casa con un mandado simple: dejar plata al mecánico. No pensé que iba a volver con la tanga rota y el sobre todavía dentro de la mochila.
Me arrodillé entre sus piernas en aquella habitación de hotel y con mis labios le demostré todo lo que las palabras no alcanzaban a decir.