La mujer madura que se salió del guion en Tarifa
Cincuenta y cuatro años, maleta hecha y una semana en la costa. No iba buscando nada. Pero ese camarero de ojos azules tenía una forma de mirar que lo cambiaba todo.
Cincuenta y cuatro años, maleta hecha y una semana en la costa. No iba buscando nada. Pero ese camarero de ojos azules tenía una forma de mirar que lo cambiaba todo.
Cuando Mateo salió del agua con el bañador empapado, supe que mi esposa no dejaría pasar esa tarde sin morder algo que no le pertenecía.
Anduve quince minutos hasta su hotel con el vestido más corto que tenía. Sabía exactamente para qué iba y no me importaba que se notara.
Su avatar se sentó junto al mío en aquella terraza pixelada y algo en su voz me hizo quedarme hasta las cinco de la mañana.
Marcos llegó a casa con la excusa del divorcio. En cuanto los padres de Mateo se fueron, se quitó el bañador y preguntó si a su sobrino le molestaba.
Sentí su respiración detrás de mí en el pasillo oscuro del hotel y supe que esa noche no iba a dormir sola, aunque desafiara las miradas de todos.
Bajé al lobby del hotel en pijama a buscar un paquete y me encontré con él: un hombre enorme con manos del tamaño de mi cabeza y una sonrisa que no era del todo inocente.
Tres días de viaje, un marido infiel y el amigo de mi hijo dormido desnudo en mi cama. A veces la vida te pone las cosas demasiado fáciles.
Cuando entré a su despacho a reclamar mi nota, él echó el cerrojo con una calma que me dejó sin palabras. Eso debería haberme hecho salir corriendo.
La puerta se abrió en medio de la tormenta y la señora nos miró de arriba abajo antes de hacer su oferta. Era directa: quinientos por todo, pagados por adelantado.
Salí a hacer unos trámites con el chico de mi primera vez. No imaginé que terminaría el día llenada dos veces y sin haberme corrido ninguna.
Valeria me mandó una foto en lencería antes de que él llegara. Solo quiero avisarte, escribió. Yo me quedé mirando su puerta desde la ventana.
Cuando dijo que ella también necesitaba mear no imaginé lo que iba a pasar entre dos coches mal aparcados. Han pasado años y todavía siento su sabor.
Ella lo miró de arriba abajo y le dijo: «Caminas como si pidieras permiso para existir.» Tenía razón. Y era precisamente lo que ella quería de él.
Cuando Daniela llevó a su amiga al cuarto del fondo, creyó que la estaba iniciando. No sabía que la inocente ya tenía su propio historial entre esas paredes.
Valeria entró al baño con su mochila y salió con una americana blanca y la sonrisa que jamás perdía. Lo que vino después tampoco lo olvidé.
Me pilló mirándole en el vestuario y no dijo nada. Pero al salir me esperó junto a la valla, señalando el bosque con la cabeza: solo un momento.
Llevaba tres días contando los minutos hasta el próximo jueves. Tres días sabiendo que esta vez, si la sala se quedaba vacía, no iba a poder parar.
Llevaba meses mirándolo en los vestuarios sin atreverme. Esa tarde, cuando me preguntó si quería subir a su casa, supe que era ahora o nunca.
Fuimos a la playa nudista a relajarnos. Lo que empezo con miradas furtivas termino con ella gimiendo entre desconocidos mientras yo no podia dejar de mirar.