Lo que le hicimos al chico del cine aquella noche
Cuando Nicolás giró la cabeza y los vio, su cara lo dijo todo. Raquel dejó que la mirara un segundo más antes de levantarse y caminar hacia él.
Cuando Nicolás giró la cabeza y los vio, su cara lo dijo todo. Raquel dejó que la mirara un segundo más antes de levantarse y caminar hacia él.
Cuando levantó la vista y me encontró mirándolo en el vestuario, algo cambió entre nosotros. Solo no sabía exactamente qué ni hasta dónde llegaría.
Mis padres no estaban. La tarde era larga y el deseo, insoportable. Cuando el nombre 'Valeria_sola' apareció en la lista, algo me dijo que esa tarde sería diferente.
Me había probado la falda de cuadros y la camisa anudada al ombligo cien veces en mi cabeza. Esa tarde, con la casa vacía, por fin lo hice de verdad.
Llevaba treinta años planchando camisas y fingiendo orgasmos. Hasta que un camarero joven en Alicante me devolvió el cuerpo que yo misma había olvidado.
Era famosa, perfecta y cincuentona. Yo era el delantero del momento. Esa noche subí a su suite y entendí lo que es jugar fuera de tu liga.
Llevaba dos horas dando vueltas en la cama. Sabía que él dormía a tres puertas de la mía y que esa noche, por primera vez, no iba a poder fingir.
Sabía que no era sensato. Rodeé el puente de todos modos, bajé por el paredón y lo encontré durmiendo exactamente donde lo había dejado.
Cuando le entregué la tanga doblada como una nota, supe que no había vuelta atrás. Solo quedaba esperar al viernes y abrir el sobre que me devolvería en clase.
Diego me desafió con esa sonrisa suya, seguro de que no iba a cumplir. Pero soy mujer de palabra, aunque me cueste reconocerlo.
Entré al juego para hacer amigos. Me quedé porque ahí había hombres que querían lo mismo que yo: algo real, sin nombre y sin futuro.
Cuando empezó a faltarme el aire, supe que mi cuerpo iba a traicionar todo lo que mis padres me habían enseñado sobre el sexo y los hombres.
Una pelirroja bailaba descalza en la cala vacía mientras su novio cambiaba la canción. Dos socios casados cruzaron una mirada y supieron que esa noche habría peaje.
Carmen dormía al sol desnuda mientras yo tomaba la peor y mejor decisión de mi vida. Cuando despertó y vio el estado en que estaba, no reaccionó como esperaba.
Cuando pasé por el paradero, Don Rodrigo me vio desde el bus. Lo que empezó como unas cervezas de cumpleaños terminó de una forma que no esperaba.
Abrí los ojos en su habitación sin recordar cómo había llegado. Él estaba en la cocina, medio desnudo y tranquilo, como si todo fuera completamente normal.
Era la primera vez en semanas que tenía la casa para mí sola. Supe desde el primer segundo exactamente lo que iba a hacer con esas horas.
Me quité el zapato sin decir nada y empecé a subir lentamente por su pierna. Él intentaba mantener la compostura. Yo sonreía con inocencia frente a su mirada.
Cuando llegué tarde al vestuario, él ya salía de la ducha. No debí mirar. Pero miré. Y él lo vio. Lo que vino después no estaba en ningún guión.
Cuando salí del pabellón pensé que iba directo a casa. No sabía que él me esperaba apoyado en la valla, con un cigarrillo encendido y otra cosa en mente.