Cuatro compañeros y una noche sin inhibiciones
Lo que empezó como un brindis de despedida terminó con cuatro pares de manos sobre mí y una noche que no voy a olvidar.
Lo que empezó como un brindis de despedida terminó con cuatro pares de manos sobre mí y una noche que no voy a olvidar.
Me bastó una mirada desde la ventana para saber que ese chico iba a hacer todo lo que yo le pidiera. Solo necesitaba el momento justo.
Éramos los mejores amigos desde el colegio. Nadie habría sospechado lo que hacíamos a solas cuando sus padres se iban de casa.
Diecinueve años, la hija de mi novia, y una mano que se metía debajo de mi mochila mientras yo abrazaba a su madre en el asiento de atrás del taxi.
El calor del verano, el alcohol y cuatro amigas dispuestas a decirlo todo. Sofi fue la primera en romper el hielo con una fantasía que nadie esperaba.
Cuando Valeria volvió al aula después de varios días, vi el gesto de dolor cuando se sentó. Supe que la «gripe» era una excusa.
Cuando el agua caliente nos envolvió a los dos y ella entró al baño sin ropa, supe que ese viaje de trabajo iba a ser diferente a todos los demás.
Matías llevaba semanas mirándome de otra manera. Cuando por fin me lo dijo en voz alta, el suelo desapareció bajo mis pies. Era prohibido.
Marcos presentó a Lucía como su mujer frente al barman. Era la mujer de Diego. Nadie lo corrigió. Así empezó esa noche.
Sabía que entre don Rodrigo y yo nunca podría pasar nada. Pero encontré la manera de hacerlo real, aunque fuera una sola vez, aunque nadie más lo supiera.
Llevaba años cruzándome con él en esa casa. Sabía cómo me miraba, sabía lo que sentía cada vez que me rozaba. Esa tarde dejé de fingir que no lo deseaba.
Cada mañana me despierto en mi jaula con los vibradores puestos, esperando que el amo baje por mí. Hoy será un día muy largo.
Tres días después, volvió al club antes de tiempo. Ella llegó última, cerró la puerta, y el clic de ese pestillo fue la única señal que necesitaron.
La luna iluminaba el arroyo, las luciérnagas revoloteaban a mi alrededor y yo estaba sola en el bosque con mis ganas y un juguete que no había planeado usar.
Solo fue un fueguito en una story de postureo, pero tres horas después ya no llevaba bragas en mi coche.
Desperté con las sábanas húmedas por lo que había soñado. Me toqué antes de levantarme. Y el día entero fue igual: el cuerpo con su propia agenda.
Cuando me propuso ir al baño juntos, yo llevaba horas esperando que lo dijera. Roma podía esperar. Lo que vino después, no.
Cuando bajé a la cocina eran las tres de la mañana. Él estaba sentado con una taza en la mano, el torso descubierto, mirándome como si me hubiera estado esperando.
Subí las escaleras metálicas con la pollera pegada a la mano y cuatro pares de ojos tratando de colarse entre mis piernas. El que me esperaba arriba no era Raúl.
Acordamos las reglas con firmeza: nada de sexo, solo conocerlo. Pero cuando sus manos tocaron la piel de mi novia, entendí que las reglas ya no importaban.