El secreto que nació entre los pinos
Pon el pie al lado del mío, dijo. Después el brazo. Después la mano. Y entonces entendí que no estábamos comparando nada.
Pon el pie al lado del mío, dijo. Después el brazo. Después la mano. Y entonces entendí que no estábamos comparando nada.
Empecé a cruzar las piernas en clase solo para ver qué hacía. Tres días después, él tenía mi tanga guardada en su portafolio.
Tenía unos sesenta años y una mirada que no disimulaba nada. Cuando me invitó a su casa, supe exactamente lo que iba a pasar.
Se despertó con la mano de Sofía guiándole hacia su sexo. Para cuando llegaron al café, ya habían agotado la cama y la ducha. Lo que ella propuso después era otra historia.
Todavía con el sabor de su piel en mis labios, supe que aquella noche en el coche iba a cambiar todo lo que creía saber sobre el deseo.
Habíamos parado a ver el atardecer en un mirador apartado. Lo que no esperaba era que él, sin venir a cuento, propusiera echar un polvo allí mismo.
Cuando entré en aquella aula clausurada del subsuelo, todavía pensaba que era un simulacro. La sonrisa de Tomás me dijo que me había equivocado en todo.
Nos tocabamos a escondidas desde hacia semanas, pero esa noche el juego de botella nos obligo a mostrarlo frente a ellos.
Me prometí no volver a caer. Pero cuando abrió la puerta y me miró así, supe que todas mis reglas iban a romperse antes del amanecer.
Olía a tabaco y a campo, no a perfume caro. Cuando bajé a la cocina por agua a las tres de la mañana, supe que estaría ahí, fumando bajo la luna.
A los 23 años, sin trabajo y a punto de volver a casa de mis padres, acepté quitarme la ropa frente a una cámara. Lo que pasó después cambió mi vida.
Rodrigo volvió de la cocina con un vaso de tubo. Si la polla de Bruno no cabía en él, nos dejaban la casa. Yo sabía perfectamente lo que acababa de apostar.
Me arrodillé frente a ella en el suelo del patio, con sus zapatillas en las manos y su mirada clavada en mí. El sabor era lo de menos.
Cuando Valeria le corrigió la postura en la máquina, él no pudo evitar que se notara. Ella lo vio, sonrió y le propuso algo que no estaba en ningún programa.
Cuando me llevó a la escalera de servicio del salón, ya hacía media hora que su mano había decidido por las dos. Yo solo dejé que sucediera.
El jardín estaba oscuro cuando Marcos me arrastró detrás de los setos. Lo que vino después, entre champán y cuerpos, no lo había planeado nadie.
La cremallera se abrió de golpe y dos caras asomaron desde fuera. Nadie se sorprendió demasiado. Lo que vino después fue lo más salvaje que Sara había vivido.
Demasiada cafeína para dormir, bajé al vestíbulo y allí estaba: rubia, elegante, con una taza de café entre las manos y esa sonrisa que no era del todo inocente.
Fui a pedir una copa y volví con dos hombres pegados a mí. Marcos observaba desde lejos, sin intervenir. No hasta que yo dije basta.
Cuando todo el pueblo lo supo, ya no había vuelta atrás. Me había enamorado de él sabiendo que tendría que dejarlo ir. Y aquella noche fue la última que tuvimos juntos.