La travesti del hotel me ofreció más que un masaje
Bajo su tanga ajustada se marcaba un bulto que no pude dejar de mirar. Y él se dio cuenta. Esa tarde descubrí algo que ya no podía pretender ignorar.
Bajo su tanga ajustada se marcaba un bulto que no pude dejar de mirar. Y él se dio cuenta. Esa tarde descubrí algo que ya no podía pretender ignorar.
Caminé seis cuadras sin pensar, subí a un taxi y dije mi dirección. Solo cuando arrancó noté que llevaba la mandíbula apretada y los ojos llenos de lágrimas.
El short de bicicleta apenas disimulaba lo que llevaba debajo, y cuando me pidió que me quitara la ropa supe que aquella tarde no iba a ser una depilación normal.
Lucía nunca quiso saber nada con un hombre. Camila era una bomba que volvía locos a los huéspedes. Yo solo tenía una pregunta que no podía guardarme.
Lo masajeé después de la playa, sin pensar. Sentí su erección bajo el bañador y supe que aquel verano no iba a terminar como los otros.
Cuando Valeria le pidió ayuda con su pierna, Sandra solo quería ser una buena compañera. Lo que ocurrió esa semana no lo había buscado ninguna.
Cuando Claudia posó sus manos en mi espalda, algo cambió. No era el tipo de masaje que esperaba, pero era exactamente lo que mi cuerpo llevaba meses pidiendo.
Andrés sabía exactamente lo que hacía con sus manos. Yo llegué con dolor de espalda y salí con algo que no tenía nombre, algo que todavía pienso cuando me duermo.
Hay tardes en que el mejor placer es no hacer nada. Me tumbé en el sofá, abrí los brazos y le dije que fuera ella quien mandara.
Cuando cerró el pestillo y se colocó detrás de mí, supe que aquella revisión de notas no iba a terminar como esperaba.
Renata llegó a mi departamento con una botella de vino que nadie le había pedido. A la mañana siguiente ninguna de las dos fingió que había sido solo el vino.
Nunca pensé que depilarme iba a cambiar algo. Pero cuando él me pasó la cera por los glúteos y me pidió que me pusiera en cuatro, algo en mí se encendió.
Sus dedos subieron despacio por mis muslos. Supe entonces que ese masaje iba a ser algo completamente diferente a lo que había pedido.
El chico llegó con su camilla bajo el brazo y ella ya tenía dos copas de vino encima. Lo que siguió fue mucho más que un masaje de espalda.
Caminé hacia casa con la certeza de que otro hombre estaba con mi mujer en ese momento. Y lo único que sentía era ganas de que volviera.
La promoción dos por uno del spa me cambió los planes, y algo más: cuando la desconocida se metió en el jacuzzi y me miró de esa manera, supe que la noche sería larga.
Mi hijo organizó la velada sin decirme sus planes. Lo entendí cuando se llevó a su invitada al dormitorio y me dejó a solas con su amigo en el sofá.
Me amenazó con acusarme si yo hablaba. Tenía el teléfono en la mano y una seguridad calculada. No contó con que yo tampoco tenía nada que perder.
El primero llegó con flores y lencería de regalo, pero cuando llegó el momento me llamó mala mujer. El segundo, canoso y paciente, supo leerme desde el principio.
La vi a través del vaho, sin que ella lo supiera. Cuerpo moreno, pechos firmes, el agua cayéndole por los hombros. Y yo sin poder apartar los ojos.