La noche que mi amiga de la facultad se acostó conmigo
Salimos de fiesta como siempre. Volvimos al hotel cansadas. Nunca imaginé que esa noche descubriría con otra mujer un placer que jamás había sentido con un hombre.
Salimos de fiesta como siempre. Volvimos al hotel cansadas. Nunca imaginé que esa noche descubriría con otra mujer un placer que jamás había sentido con un hombre.
La conocí trotando con su husky por el parque. Tres semanas después estaba descalza en mi sofá, sin camiseta, preguntándome por los pendientes que llevaba debajo del top.
Habían pasado años desde la última vez que la vi. Cuando se sentó frente a mí en aquella barra y posó su mano sobre mi muslo, supe que esa noche no acabaría como mi prima imaginaba.
Sus manos ya no buscaban el dolor de mi espalda. Yo lo sabía, él lo sabía, y aun así no dije nada cuando bajaron por la raya hasta donde nunca habían llegado.
Yo era su asistente. Trabajábamos doce horas al día. Esa noche, descalza en su sillón, me miró como nunca antes y supe que algo había cambiado para siempre.
La marea me trajo libretas y lápices el mismo día en que todo lo que creía firme entre Tomás y yo empezó a derrumbarse. No imaginé para qué iban a servirme.
Hacía dos meses que esa mujer me arreglaba las uñas en mi sala. El sábado compré vino, me puse un vestido rojo sin tanga y decidí que esta vez no iba a quedarse solo en fantasía.
Estaba medio dormida, con el camisón hasta la cintura, cuando vi en el espejo del tocador la silueta del hombre asomado a mi ventana.
Llegué agotada, esperando las manos de siempre. La que abrió la puerta no era ella. Era un desconocido alto, de voz baja, y lo que pasó después aún se lo cuento a mi marido.
El insomnio me llevó a la galería; lo que vi en el balcón de enfrente me dejó pegado a la ventana hasta que terminé con la mano dentro del pantalón.
A los 21 me creí capaz de manejar cualquier situación. Pero cuando Esteban puso sus manos en mi espalda y sentí que mi cuerpo respondía, ya no era tan seguro de nada.
La propuesta llegó con la tercera copa: cada noche, uno de los cuatro mandaría en la habitación del otro. Dijeron que empezábamos esa misma noche.
Llevábamos horas bebiendo cuando le pregunté, sin mirarlo, si alguna vez había estado con un hombre. La pausa que siguió duró una eternidad.
Natalia solo quería depilarse antes de ir a la playa. No esperaba que la esteticista del hotel fuera tan impresionante, ni lo que encontraría bajo su bata.
Caminé veinte cuadras con borcegos bajo el sol de mediodía para llegar con los pies exactamente como él los quería. Lo que vino después fue perfecto.
Sus manos en mi cuello, ese martes, me dejaron en claro que entre Vera y yo había algo que llevábamos meses sin atrevernos a nombrar.
Cuando cruzé la puerta de la mazmorra, ella me tendió la mano para que se la besara. Luego señaló el suelo. Supe en ese instante que la noche sería larga.
Tres meses sola en Singapur por trabajo, un sábado libre y un masajista que no preguntó demasiado. Así empezó la tarde que no había planeado vivir.
Nunca imaginaron que esa tarde en la camilla los cambiaría. Era solo un masaje entre amigos. Hasta que las manos de uno acabaron donde nunca habían estado.
Cuando me pidió que me quitara la calza y me cubriera con la toalla, pensé que era una sesión más. Sus manos en mi aductor me demostraron lo contrario.