La mascota de la familia: mi día de sumisión
Cada mañana me despierto en mi jaula con los vibradores puestos, esperando que el amo baje por mí. Hoy será un día muy largo.
Cada mañana me despierto en mi jaula con los vibradores puestos, esperando que el amo baje por mí. Hoy será un día muy largo.
Tres días después, volvió al club antes de tiempo. Ella llegó última, cerró la puerta, y el clic de ese pestillo fue la única señal que necesitaron.
Me detuvieron a las cuatro de la mañana y creí que todo estaba perdido. No imaginaba lo que mi abogada haría cuando entrara a esa celda a solas conmigo.
Los niños ya dormían a tres metros. Yo no podía hacer ruido. Pero cuando sus manos subieron por debajo del pijama, supe que esa noche no íbamos a dormirnos pronto.
Cuando me senté en el asiento trasero y crucé las piernas, ya sabía que ese taxi no me iba a llevar directamente al hotel. Su mirada en el retrovisor lo dijo todo.
Solo fue un fueguito en una story de postureo, pero tres horas después ya no llevaba bragas en mi coche.
Llevaba todo el día mirándole las piernas en la furgoneta sin saber que esa misma noche ella me esperaría desnuda en un baño termal.
Cuando me propuso ir al baño juntos, yo llevaba horas esperando que lo dijera. Roma podía esperar. Lo que vino después, no.
Llevaba semanas sin que nadie me tocara. Cuando el chofer me miró por el espejo retrovisor con esa media sonrisa, supe que esa noche no iba a llegar sola a casa.
No me los limpié. Salí del hotel con su leche entre los dedos y recorrí la ciudad entera así, sintiendo que era suya con cada paso.
Hay clientes que pagan por placer y hay clientes que pagan por poder. Aprendí la diferencia demasiado tarde, cuando ya tenía las cicatrices para demostrarlo.
El director me miró de arriba abajo cuando firmé el formulario. Llevaba doce años en esa empresa y sabía exactamente qué tenía que hacer para ganar.
Cuando bajé a la cocina eran las tres de la mañana. Él estaba sentado con una taza en la mano, el torso descubierto, mirándome como si me hubiera estado esperando.
La escena de la serie duró diez segundos. Suficientes para que ella entendiera todo lo que yo llevaba meses sin poder decirle.
Pensaba que me conocía bien. Valentina tardó apenas tres semanas en demostrarme que estaba completamente equivocado —y yo le estaba infinitamente agradecido.
Estoy desnuda sobre las sábanas, sola, con la mano que se me escapa al pezón. Apenas me rozo, dejando que el recuerdo de aquella partida me arrastre otra vez.
Subí las escaleras metálicas con la pollera pegada a la mano y cuatro pares de ojos tratando de colarse entre mis piernas. El que me esperaba arriba no era Raúl.
La primera vez que lo vi supe que era un error. Un error que pasé tres años evitando, hasta la noche que llamó a mi puerta a las dos de la madrugada.
Empezó como una noche de pizza y fernet. Terminó con cada una confesando la fantasía erótica más sucia que jamás dijo en voz alta.
Pon el pie al lado del mío, dijo. Después el brazo. Después la mano. Y entonces entendí que no estábamos comparando nada.