Ella se desabrochó el pantalón nada más subir
Nada más salir del aparcamiento deslizó la mano dentro de sus pantalones. Yo conduje buscando el primer camino sin salida que encontrara.
Nada más salir del aparcamiento deslizó la mano dentro de sus pantalones. Yo conduje buscando el primer camino sin salida que encontrara.
A las once éramos dos amigos viendo fútbol. A las dos de la madrugada estaba arrodillada frente a él, decidida a cumplir hasta el último detalle de la apuesta.
Llevaba botas hasta la rodilla y ese tipo de mirada que tienen las mujeres que ya saben lo que quieren. Me levanté a darle mi tarjeta antes de que el momento se esfumara.
Cuando bajé al garaje, Valeria me esperaba con pantalones de cuero y una sonrisa que no tenía nada de maternal.
Había entrado a buscar el baño y se quedó parado en el umbral mirándome. Veinte años, cara de nervios, y una pregunta que no esperaba.
Subí al taller con el sobre en la mochila, los anteojos negros y la pollera al viento. Esa mañana yo no sabía que iba a salir de ahí siendo otra.
Cuando abrí la puerta y lo vi ahí, con esa facha de niño bueno y los brazos marcados, supe que esa tarde iba a cambiar algo para los dos.
Subió a mi moto con ese conjunto de cuero ajustado y me pidió que fuera despacio. Pero ninguno de los dos quería ir despacio esa noche.
Cuando bajé del ascensor con la tanguita ya empapada y el vestido pegado al sudor, supe que aquel tequila no iba a quedarse solo en tequila.
Cuando llegó a la fiesta con ese vestido, supe que algo iba a pasar. Nadie imaginó que terminaríamos los cuatro en su apartamento enseñándole todo.
Llevábamos cinco años encontrándonos cada enero. Ella dirigía el balneario, yo reservaba siempre la misma habitación. Nadie sospechaba nada.
Cuando entré por la puerta de su casa, mi mejor amiga me esperaba con el instructor sentado al lado y una sonrisa que no admitía marcha atrás.
Subí la escalera de metal con la pollera pegada al cuerpo y la mochila llena de billetes, sintiendo todas las miradas del taller trepando por mis piernas.
Ella eligió al hombre. Yo organicé los encuentros. Ninguno de los dos sabía exactamente cómo terminaría aquella noche de primavera en Barcelona.
Ella ya sabía cómo vestirse cuando me esperaba en la puerta. Sin ropa interior, el vestido corto, y esa sonrisa que prometía que la noche iba a ser larga.
Cuando entré al camión a revisar los palés, él subió detrás de mí. Nadie más estaba en la nave. Y los dos sabíamos exactamente qué iba a pasar.
Bajé al bar del hotel diciéndome que era solo para tomar algo. Sin bragas. Con la blusa desabrochada. Todavía sin entender si lo elegí yo o él lo decidió por mí.
Un vestido negro, una fiesta familiar y un baile que despertó lo que nunca debió existir entre un padre y su hija.
Eran las tres de la mañana, la casa dormía y yo estaba sentada en su regazo sin entender cómo había llegado hasta ahí.
La pregunta que le hice un viernes por la noche en la cama fue solo el principio. El juego ya llevaba semanas en marcha y él no lo sabía.