El mejor inicio de vacaciones que tuve jamás
Llevaba semanas evitándolos a todos. Los quería con las ganas bien acumuladas para ese fin de semana. Al salir del trabajo el viernes, lo tenía todo planeado.
Llevaba semanas evitándolos a todos. Los quería con las ganas bien acumuladas para ese fin de semana. Al salir del trabajo el viernes, lo tenía todo planeado.
El juguete vibraba dentro de Clara mientras bailaba con desconocidos. Andrés la controlaba desde su mesa. Nadie en el bar sabía nada.
Llevábamos años cruzándonos miradas en silencio detrás de la barra. Esa tarde entré al bar vacío, me senté frente a ella y por fin solté lo que tenía atragantado.
Tenía su miembro palpitando frente a mí mientras le relataba todo. Y cuanto más detallada era, más se acercaba a un límite que ninguno de los dos quería cruzar.
Encendí la vela, susurré sus palabras y al despertar no estaba en mi habitación. Estaba de pie, con tacones, y un peso suave y cálido subiendo y bajando en mi pecho.
Lo besé por primera vez a los dieciséis años y no pudimos terminar. Once años después lo encontré en el club de mi novio con otra mujer del brazo.
Cuatro hombres poderosos muertos de la misma manera. Todos desnudos, exhaustos. Alguien los elegía, los seducía y los llevaba al límite exacto antes del final.
Llevaba un mes soñando con volver a encontrarlo cuando mi compañera de piso me confesó que me tenía envidia. Esa misma noche la llevé conmigo a la rave.
Marcelo me miraba desde el sillón mientras Rodrigo me desvestía con calma. Después, mi esposo quiso saber algo que nunca le había contado.
Me puse el vestido negro sin sujetador porque nadie me iba a ver. Error. Tres chicos de veinte años me miraron como si fuera lo único que existía en el mundo.
Habíamos tendido la trampa perfecta. Pero cuando Diego me tomó por la cintura con esa seguridad brutal, entendí que ya no era yo quien llevaba las riendas.
Empezó como un capricho mientras él jugaba con sus amigos. Terminó conmigo arrodillada bajo el escritorio y él silenciando el micrófono justo a tiempo.
Bajé a la cocina a medianoche sin imaginar que él seguía despierto. Estaba en el jardín fumando, con ese aire que no se aprende. Me miró y no hice nada por marcharme.
Sofía me contó esa noche que su novio era demasiado para ella. Yo solo sonreí. Para mí, eso no era un problema sino una invitación.
Cuatro colegas, una piscina, una noche entera. El mejor inicio de vacaciones que pude imaginar.
Salí de casa con un mandado simple: dejar plata al mecánico. No pensé que iba a volver con la tanga rota y el sobre todavía dentro de la mochila.
Me arrodillé entre sus piernas en aquella habitación de hotel y con mis labios le demostré todo lo que las palabras no alcanzaban a decir.
Detrás de aquellas cajas pensé que nadie podría verme. La cámara roja del techo y los pasos en la puerta me decían otra cosa.
Cada mañana la miraba tender la ropa desde mi balcón, con sus curvas y su calma de mujer que no necesita disculparse por nada. Esa mañana fue diferente.
Tenía la cubeta de champagne en una mano y la otra apoyada contra la madera, intentando convencerme de que solo escuchaba para asegurarme de que todo estuviera en orden.