El inspector que cerró el caso entre mis sábanas
Lo planeé todo con él desde el primer interrogatorio. La noche que volvió a tocar mi puerta, supe que el caso estaba cerrado y la cama, abierta.
Lo planeé todo con él desde el primer interrogatorio. La noche que volvió a tocar mi puerta, supe que el caso estaba cerrado y la cama, abierta.
Todos en la oficina se burlaban de ella por su apodo, pero yo no podía dejar de mirarla. Algo en su forma de moverse me había atrapado de un modo que aún no entendía.
Lo dejé sobre la mesa, junto a las llaves, y me senté en el sofá del salón a esperar. Quería ver cuánto tardaba en darse cuenta de que su vida se acababa de partir en dos.
Cuando apartó las ramas del sauce y me empujó contra el tronco, supe que ya no íbamos a volver al café por las cosas que habíamos olvidado.
Cuando Lola bajó la persiana aquel martes de lluvia, supe que mi rutina de café había terminado. Lo que vino después no se le cuenta a nadie.
Cuando mi marido viajó, los dos viejitos del quinto me invitaron a celebrar un cumpleaños. Lo que pasó sobre la mesa del comedor no debió pasar.
Llevábamos meses fantaseando con él. Cuando aceptó la invitación a cenar, supimos que esa noche no íbamos a hablar solo de la maestría.
Le abrimos la puerta a las diez en punto. Veinticinco años, manos temblorosas y un acuerdo firmado: durante las próximas horas, su cuerpo nos pertenecía a los dos.
La toalla cayó al suelo cuando ella abrió la puerta. Yo seguía húmeda de la ducha, y la mirada que me lanzó no tenía nada de inocente.
Llegué al parque diez minutos antes y pensé en huir tres veces. Cuando los vi acercarse de la mano supe que iba a decir que sí a todo.
Bailábamos pegados como siempre, hasta que sentí algo duro contra mi espalda baja. Era él, mi mejor amigo desde la infancia, y yo no quería que se apartara.
Cuando abrí la puerta esa mañana, supe que iba a ser distinta. Tenía algo planeado que lo dejaría agotado, y mi marido había preparado una silla en el pasillo.
La encontré tirada en la cama con la remera de él, los ojos hinchados y un duelo del que no sabía cómo sacarla. Esa mañana no bajó a desayunar, pero yo sí subí a buscarla.
Subí a la habitación y las encontré sentadas en la cama, en lencería cambiada, con esa risa cómplice que tenían desde chicas y que esta vez no era inocente.
Llegué y la encontré con una de mis remeras y un calzón cómodo, como si fuera su novio el que volvía a casa. Esa noche no hubo cena, solo nosotros dos.
Subí al autobús pensando que solo tomaría una cerveza. Cuando quise bajarme, ya era demasiado tarde para pretender que no quería quedarme.
Me despertaron a las tres de la mañana. Sentí el perfume de mi mujer, luego el de Rebeca. Y entonces unos dedos que no reconocí empezaron a moverse bajo las sábanas.
Llevaba años tratando mentes ajenas sin poder acercarse a nadie. Hasta que la muñeca llegó, y con ella, la obsesión que lo consumiría.
Cuando mis padres se fueron al pueblo, mi tío Andrés se quitó el bañador y me preguntó si me molestaba. No me molestaba. Para nada.
Esa noche, después del masaje, mi madre se mordió el labio, me miró fijo y me pidió que me acurrucara con ella. No hizo falta decir nada más.