La madrugada que crucé el límite con mi suegra
Cuando escuché sus pasos descalzos hacia el baño, supe que esa madrugada iba a ser distinta. Llevaba meses imaginándola así, con el camisón mal abrochado.
Cuando escuché sus pasos descalzos hacia el baño, supe que esa madrugada iba a ser distinta. Llevaba meses imaginándola así, con el camisón mal abrochado.
Cuando me propuso ir al baño juntos, yo llevaba horas esperando que lo dijera. Roma podía esperar. Lo que vino después, no.
Llevaba semanas sin que nadie me tocara. Cuando el chofer me miró por el espejo retrovisor con esa media sonrisa, supe que esa noche no iba a llegar sola a casa.
Llegué a su casa con tacones y un abrigo largo sobre la lencería. Él me esperaba con el rollo de plástico en la mano y una sonrisa que prometía no dejarme escapar.
El director me miró de arriba abajo cuando firmé el formulario. Llevaba doce años en esa empresa y sabía exactamente qué tenía que hacer para ganar.
Cuando bajé a la cocina eran las tres de la mañana. Él estaba sentado con una taza en la mano, el torso descubierto, mirándome como si me hubiera estado esperando.
Me pidió que apoyara las manos en la pared y me mirara en el espejo. Afuera había gente. Adentro, solo sus dedos moviéndose bajo la falda.
Estoy desnuda sobre las sábanas, sola, con la mano que se me escapa al pezón. Apenas me rozo, dejando que el recuerdo de aquella partida me arrastre otra vez.
Subí las escaleras metálicas con la pollera pegada a la mano y cuatro pares de ojos tratando de colarse entre mis piernas. El que me esperaba arriba no era Raúl.
La primera vez que lo vi supe que era un error. Un error que pasé tres años evitando, hasta la noche que llamó a mi puerta a las dos de la madrugada.
Acordamos las reglas con firmeza: nada de sexo, solo conocerlo. Pero cuando sus manos tocaron la piel de mi novia, entendí que las reglas ya no importaban.
Pon el pie al lado del mío, dijo. Después el brazo. Después la mano. Y entonces entendí que no estábamos comparando nada.
Llevaba semanas sirviendo copas bajo su mirada. Cuando apagó la última luz y le ofreció ayuda para cerrar, supo que esa noche iba a ser diferente.
Empecé a cruzar las piernas en clase solo para ver qué hacía. Tres días después, él tenía mi tanga guardada en su portafolio.
Adrián me pidió una fantasía y yo le di un escenario perfecto: un cristal de una sola cara, un aniversario de mentira y a su hermano caminando directo a la trampa.
Tenía unos sesenta años y una mirada que no disimulaba nada. Cuando me invitó a su casa, supe exactamente lo que iba a pasar.
Pidió que conserváramos su virginidad. Lo que no dijo es que pensaba entregarme algo más íntimo, y mucho más difícil de olvidar.
Se despertó con la mano de Sofía guiándole hacia su sexo. Para cuando llegaron al café, ya habían agotado la cama y la ducha. Lo que ella propuso después era otra historia.
Valentina llevaba todo el día mirándola distinto. Cuando el último invitado se fue, los tres subieron a la suite y el silencio lo dijo todo.
Todavía con el sabor de su piel en mis labios, supe que aquella noche en el coche iba a cambiar todo lo que creía saber sobre el deseo.