Me toqué sola en el parque a medianoche
Me levanté a la madrugada con el cuerpo en llamas y salí al parque en camisón, sin nada debajo. Cada brisa era una caricia. Cada farola, un testigo silencioso.
Me levanté a la madrugada con el cuerpo en llamas y salí al parque en camisón, sin nada debajo. Cada brisa era una caricia. Cada farola, un testigo silencioso.
Cuando el masajista se desnudó a mi espalda y los dedos de ella se cerraron sobre la erección de mi marido, supe que aquel aniversario no tendría retorno.
Llevaba meses deseándola en silencio, leyendo sus mensajes privados, siguiendo sus pasos. Cuando la cité en el hotel con una máscara, ella no supo que era yo.
Solo necesitaba desconectar del estrés. Cuando los dedos de Daniela bajaron por su espalda, Romina supo que ese masaje iba a cambiarlo todo entre ellas.
Me llamó putita la primera vez que me vio. La segunda vez me rogó que no parara.
Pegué el oído a la puerta del cuarto de mi madre y desde esa noche ya no pude dejar de mirar. Lo que descubrí me cambió para siempre.
Cuando Lucía se arrodilló frente a mí con esa sonrisa de quien tiene preparado cada argumento, supe que el libro solo había sido el primer movimiento.
Lo que empezó como un brindis de despedida terminó con cuatro pares de manos sobre mí y una noche que no voy a olvidar.
Me bastó una mirada desde la ventana para saber que ese chico iba a hacer todo lo que yo le pidiera. Solo necesitaba el momento justo.
Aquel sábado dejé que el sol me diera en los pechos y a Andrés arrodillado a mi lado. Ninguno de los dos sospechaba lo que iba a salir de mi cajón.
Diecinueve años, la hija de mi novia, y una mano que se metía debajo de mi mochila mientras yo abrazaba a su madre en el asiento de atrás del taxi.
Sergio se fue y Marcos me llevó a la piscina. Había algo en su mirada que no era para Sofía. Era para mí, y yo no debí dejar que fuera así.
Llovía sobre el techo de la cabaña y la chimenea ardía cuando entendí que Camila no había venido solo a tomar vino con nosotros esa noche.
Cuando escuché la puerta, supe que el almuerzo en la oficina había terminado mal. Yo lo esperaba en la encimera, con las piernas cruzadas y el encaje negro pegado a la piel.
Me citó en un hotel y cuando abrió la puerta supe que nada de lo que había vivido antes se parecería a lo que estaba por venir.
Vivir bajo el mismo techo con dos hombres hambrientos y ser la única mujer de la casa tiene sus consecuencias.
Dos botellas de vino. La confesión de que nunca me había corrido. Natalia me miró y dijo — déjame enseñarte. Tres semanas después, éramos tres.
Cuando me topé en mi puerta con aquel gigante callado pidiendo perdón antes de hablar, supe que mi padre acababa de meterme en el lío más caliente y absurdo.
Llevábamos años de silencios y cenas frías. Cuando entró a arreglar la chimenea, algo se quebró en mí. Y yo lo dejé pasar.
Me senté en el murete frente al mar, separé las piernas y dejé que el viento hiciera el resto. Seis desconocidos vieron todo. Los necesitaba a todos.