Te distraje mientras jugabas con tus amigos
Hoy me toqué pensando en aquella partida online en la que tú no podías ni respirar fuerte y yo aproveché cada uno de tus silencios.
Hoy me toqué pensando en aquella partida online en la que tú no podías ni respirar fuerte y yo aproveché cada uno de tus silencios.
Cuando bajamos del avión en Ilulissat, no imaginábamos que la hospitalidad inuit incluía dejar la cama abierta para los huéspedes. Esa noche cambió todo entre nosotros.
Cuando abrí la puerta y la vi con esa minifalda ajustada, supe que la noche no iba a terminar como la había planeado.
Cuando esa canción sonó por la radio, tuve que parar el coche. Mi cuerpo recordaba lo que mi cabeza intentaba olvidar: una noche y un hombre demasiado joven.
Cuando le vendé los ojos con la servilleta y le dije que abriera las piernas, supe que aquella noche iba a superar con creces a la primera.
Apoyé la frente contra la puerta del dormitorio, intentando no hacer ruido, y entonces sentí su aliento en la nuca y supe que esa noche no íbamos a dormir todavía.
Tres días le bastaron a Lucía para volverse otra. Lo que pasó esa tarde en el club, sobre la mesa de madera, no se lo iba a contar a nadie.
Llevábamos diez años juntos y yo fantaseaba con compartirla. Cuando ella se mudó por trabajo, alguien más cumplió esa fantasía sin que yo lo supiera.
Bajé a la cocina inquieta, con la piel ardiendo después de un sueño extraño. Él estaba sin camisa frente a la estufa, y su olor lo cambió todo.
Llevaba semanas bajando con excusas. Él me miraba de reojo y desviaba la vista. Hasta que llegó un paquete que no cabía en el ascensor y todo cambió.
Tenía treinta años más que yo y la espiaba cada mañana cuando tendía la ropa. Sin imaginar que ella sabía exactamente lo que me hacía sentir.
Era mayor que mi padre, tenía las manos de alguien acostumbrado a obtener lo que quería, y me miraba como si supiera exactamente lo que yo estaba pensando.
Tres meses después de la ruptura me descargué una app. No imaginé que ese hombre mayor me haría vivir la noche más intensa de mi vida.
Llegamos al hotel como extraños que se conocen de memoria. Así habíamos vivido durante siete meses antes de que todo explotara en esa habitación.
Crucé la puerta sin nada bajo la capa de seda, solo mi máscara y la certeza de que nadie sabría mi nombre cuando saliera al amanecer.
Andrés me decía que el vecino nos miraba demasiado. Tenía razón. Pero esa tarde de agosto, cuando sonó el timbre y fui a abrir, me alegré de que él no estuviera.
Llevaba doce años esperando que Valeria me mirara así. Esa noche por fin lo hizo, pero no de la forma que había imaginado.
Entré a su cuarto con una bandeja y ella me miró desde la cama, casi sin ropa, y preguntó: —¿Te gusta lo que ves? Algo en mí se despertó sin aviso.
Cada excusa para cruzar la sala era una provocación calculada. Cada roce, una promesa de lo que haríamos cuando por fin estuviéramos a solas.
Su perfume todavía me perseguía cuando abrí la tarjeta en el taxi. Una dirección en Recoleta. La puerta va a estar sin llave, me había dicho.