La travesti que mi jefe guardaba para él solo
La peluca, el vestido y los tacones estaban en el cajón de mi escritorio. Mi jefe lo sabía desde hacía meses. Y eso cambiaba todo lo que pasaba entre nosotros.
La peluca, el vestido y los tacones estaban en el cajón de mi escritorio. Mi jefe lo sabía desde hacía meses. Y eso cambiaba todo lo que pasaba entre nosotros.
Apenas se sentó en mi cama y cerró la puerta, soltó el suspiro de siempre. Tres palabras: pasó otra vez. Y supe que esa noche el mate iba a enfriarse mientras me lo contaba todo.
Lo había rechazado mil veces, le había llamado patito feo delante de todos. Cuando abrí los ojos, mis muñecas colgaban de una barra y él tenía un látigo.
Crucé el océano con mis dos posesiones para entregarles Venecia como jaula. Bajo el brocado de los vestidos, dos motores vibraban al ritmo de mi pulgar.
El mensaje llegó a media tarde. Tres palabras: «Pruébatelos. Foto.». Subí al dormitorio y abrí el cajón donde él guarda los bikinis.
Mi marido creía que todo se había arreglado con besos y promesas. Pero esa noche aprendí que la verdadera traición no requiere cuerpos, sólo palabras precisas y una sonrisa cruel.
Le mandé un mensaje a mediodía y volví a las nueve, marcada como un trofeo. Mateo me esperaba arrodillado sin saber lo que iba a oler.
Lo escuché con paciencia y le sonreí. No iba a discutirle la fantasía. Iba a llevársela hasta el último rincón, justo donde él nunca se atrevió a mirar.
Eran las tres de la tarde y ella estaba a cuatro patas en el zacate, descalza, con esa cosa balanceándose por encima de la cintura del pantalón.
Mis amigos me preguntan por qué desperdicio el verano en un pueblo perdido. Si supieran lo que pasa cuando cierro la puerta de la casa del viejo.
Su cremallera estaba bajada. Yo, arrodillado en la oscuridad del camión, levanté la mirada y entendí que esa orden no tenía nada que ver con etiquetas.
Aquella tarde junto a la piscina, los pechos desnudos de su cuñada le encendieron una llama que ya no podría apagar antes del amanecer.
Le dije a mi novio que solo bailaría con las chicas, pero cuando vi ese nombre en la pantalla, mi cuerpo decidió por mí antes de que mi cabeza pudiera detenerlo.
Carolina se mudó con Rodrigo hace tres semanas. Yo escribo esto desde la casa vacía, sentado en la cama donde dormíamos los dos. Y, durante un año entero, los tres.
Cuando se probó el brasier nuevo, las manos de su cuñada no buscaban acomodarlo. Buscaban averiguar cuánto podía resistir Sofía sin apartarlas.
Cuando me desató, lo primero que vi fue la mesa de madera con grilletes en cada esquina. Los tres me miraban como si supieran exactamente qué iba a pasar después.
Camila ya estaba sobre la cama cuando entré. Me miró con esa sonrisa de quien sabe algo que tú aún ignoras, y entonces el Amo cerró la puerta detrás.
Pensé que íbamos al motel a estar juntos. Cuando me dijo que arriba había seis hombres esperándome, el corazón me golpeó la garganta.
Cuando saqué el frasco de cristal del cajón de mi madre, ya sabía que esa tarde iba a cruzar una línea de la que no pensaba volver.
Cuando entré al piso once, los cuatro me esperaban con copas en la mano. Sobre la mesa, cuatro sobres y cuatro cajas. Sebastián sonrió: esa noche cobraría caro.