Don Vicente me llamó Lucía por primera vez
La primera vez que entré en su casa supe que algo cambiaría. No imaginé que esa misma noche me regalaría unas bragas negras y un nombre nuevo que aún guardo en el fondo del cajón.
La primera vez que entré en su casa supe que algo cambiaría. No imaginé que esa misma noche me regalaría unas bragas negras y un nombre nuevo que aún guardo en el fondo del cajón.
Lo planeé desde el primer minuto en que la vi entrar al ático. Cada propuesta era más cara que la anterior, y ella, sin saberlo, ya había dicho que sí con la mirada.
Llevaba tres días sin dormir bien, repitiendo en mi cabeza cada detalle de aquella noche con él. Esa mañana, con el café enfriándose, descolgué el teléfono.
Aquel sábado se acercó a corregirme la postura sin que se lo pidiera. Para el lunes, ya teníamos un trato silencioso y yo había elegido la tanga adecuada.
Cuando giró la cabeza en la cumbre, supe que era ella. La chica de aquella fiesta. Siete años después, su mirada todavía me reclamaba lo que nunca terminé.
Subió tres pisos hasta una puerta sin cartel pensando que sabía qué venía a hacer. Lo que descubrió en esa sala no estaba en ningún anuncio.
Crucé el salón pensando en mi cama. Lo que no esperaba era encontrarlo a él de pie, con esa sonrisa nueva y algo escondido detrás de la espalda.
Cuando bajamos del avión teníamos un cheque y un secreto. El cheque cubría las deudas; el secreto, en cambio, no se borra ni con el tatuaje cubierto.
Llevábamos una semana sin hablarnos cuando me escribió: «Damián viene esta tarde». No supe qué hacer salvo quedarme pegado a la ventana mientras lo veía cruzar la calle.
Cuando vi a Iván levantar el celular y sonreír supe que el simulacro había sido una trampa. Y que no iba a salir entera de aquel subsuelo.
No había hecho nada mal. Aun así, mientras fregaba el suelo de rodillas, sentí que mi cuerpo le pertenecía más que nunca.
Até las cuerdas al tronco con cinco vueltas. Cuando el barro me llegó al cuello y tiré para volver, comprendí que alguien las había cortado en seco.
Llevaba dos años esperando una llamada suya. Cuando por fin la recibí, supe que iba a obedecer cualquier cosa que me pidiera, por absurda o degradante que fuera.
Cuando la puerta de madera de mi celda crujió pasada la medianoche, supe que era él. Cerré los ojos. No vine al convento huyendo del mundo: vine huyendo de lo que sentía por ese hombre.
Cuando los labios de su amiga rozaron los suyos en un juego de prendas, Lucía no sabía que aquel verano iba a desordenarle la cabeza y el cuerpo entero.
En el bar del aeropuerto solo quedaba un asiento libre. Lo ocupé sin saber que esa pelirroja sentada frente a mí estaba a punto de demolerme la vida entera.
Mateo me prometió que vigilaría todo desde su mesa, pero cuando dos desconocidos empezaron a acariciarme al mismo tiempo, su silencio me asustó tanto como sus manos.
Llegamos a la reunión preparadas para escuchar reproches. Nadie nos había advertido que aquella tarde nosotras seríamos quienes daríamos las lecciones.
Cuando entré a su cuarto pensé que íbamos a charlar. Diez minutos después estaba en bóxers, temblando, y oí cómo la puerta volvía a abrirse a mis espaldas.
Tres semanas de audios negociando límites. Esa noche llegué a su loft con las muñecas listas para la cuerda y un sí que iba a aprender a matizar.