La tarde que mi sobrino vino solo a tomar café
Lucía nunca contaba esa parte. Aquel jueves se vistió como ella sola sabía y supo que ese sobrino virgen no saldría de casa sin dejarle algo dentro.
Lucía nunca contaba esa parte. Aquel jueves se vistió como ella sola sabía y supo que ese sobrino virgen no saldría de casa sin dejarle algo dentro.
Marina llevaba meses siendo invisible para su marido. Su sobrino la miraba de la única manera que ella necesitaba que la miraran. Aquella noche, las cartas tomaron una decisión.
Mientras Lucía se preparaba para recibir a su amante, su hermana ya tenía otro plan con el sobrino: las cajas del altillo eran solo una excusa para empezar.
Aurora abrió el camino a los dieciocho años. Elvira tardó dos décadas en rendirse. Magdalena juraba que jamás. Aquella noche de 1975 las cuatro acabamos en el mismo cuarto.
Tenía veinte años cuando descubrí que las miradas pícaras de mi tía bajo la mesa eran solo el principio. Lo que vino después, en el baño de los abuelos, no lo conté nunca.
Salí del baño sin ropa y él estaba ahí, en el pasillo, tan desnudo como yo. Nos miramos sin poder movernos. Ese segundo bastó para que todo cambiara.
Quedaron esa tarde en que Cristina estaría sola. Él entró con una misión: que ella viera a su propio hijo con otros ojos. Lo que ocurrió fue más de lo que esperaba.
Nunca me había preguntado si podía despertar deseo en alguien veinte años más joven. Julián llegó a casa y borró esa pregunta de un solo vistazo.
Cuando la vi tumbada al sol en el jardín, sin la parte de arriba del bikini, entendí que ese verano iba a ser diferente a todo lo que había vivido.
Ella tenía 59 años, era rubia, con curvas que no pedían disculpas. Yo era su sobrino favorito, y llevaba días mirándola de reojo sin poder evitarlo.
Encontré su ropa interior sobre el cesto cuando entré al baño. No la había guardado bien. Y desde ese instante ya no pude volver a verla igual.
Aquella tarde de agosto se me olvidó cerrar el pestillo del baño. Cuando levanté la vista, mi tía Carmela estaba en el umbral, mirándome sin moverse.
Cuando abrió los ojos, ella aún dormía a su lado, desnuda. Bruno supo en ese instante que la noche no había terminado, no del todo, y que solo les quedaban unas pocas horas.
Cuando se agachó a estirar la sábana y se le subió el vestido, Mateo se quedó duro mirándole los muslos a mi mujer. Y yo entendí que ya no había vuelta atrás.
Cuando vi cómo se entretuvo mirando el bulto del short bajo la luz del pasillo, supe que aquella mañana en casa de mis tíos no terminaría como cualquier otra.
Cuando vi su bata entreabierta y la forma en que se mordía el labio, supe que esa tarde no iba a ser como las demás. Mi tío estaba a miles de kilómetros.
La bata apenas le cubría las piernas cuando se acercó al sillón. Tobías ya no fingía dormir y a mí se me notaba todo lo que llevaba meses callando.
Cuando bajé al living encontré a mi mujer comiéndole el pico a mi sobrino. Después supe que ellas ya tenían el plan armado y yo era el único que no sabía nada.
Vivía dos pisos más arriba y cada vez que la cruzaba en el ascensor pensaba lo mismo: vas a ser mía. Esa tarde, con una rosa en la mano, le pedí que bajara a tomar un café conmigo.
Diecinueve años, una tarde de treinta y ocho grados y mi tía política trapeando mi cuarto en jeans ajustados. Aquella tarde no aguanté más.