El hombre que se quedó con mi mujer y con todo
Andrés creyó que podía controlarlo todo: los pactos, los encuentros, los celos. Hasta que su mujer hizo las maletas. Esta es su confesión final.
Relatos de encuentros grupales y placeres compartidos
Andrés creyó que podía controlarlo todo: los pactos, los encuentros, los celos. Hasta que su mujer hizo las maletas. Esta es su confesión final.
Semanas antes del encuentro, ya me lo había imaginado así: ella entre los dos, mirándome para pedir permiso antes de girarse. La realidad fue mejor.
Diego me miró aquella noche y me lo dijo sin rodeos: quería verme con su mejor amigo. No me escandalizó. La curiosidad ganó.
Nunca me había masturbado, nunca había sentido curiosidad por el sexo. Hasta que un jueves de vino con mi mejor amiga lo cambió todo de golpe.
Cuando mi hermana me susurró al oído lo que quería de verdad, supe que ninguno de los dos éramos capaces de seguir fingiendo que no existía.
Seguía desnuda con el cuerpo de Sara encima cuando la cremallera se abrió. Dos chicos asomaron la cabeza. Y ninguno de los cuatro parecía tener prisa por dormir.
Éramos el tipo de personas que nunca rompían las reglas. Hasta que cumplimos cuarenta y decidimos que una noche podíamos permitírnoslo todo.
Ella bajó del coche con la falda levantada y su marido, desde el asiento del conductor, me preguntó con calma si me gustaba lo que veía.
En el restaurante le pedí que se comportara como mi novia. Se cambió de silla despacio. Ninguno de los dos habló de lo que eso significaba.
Cuando subí al cuarto las encontré en ropa interior, riéndose. Habían intercambiado la lencería. No supe si era un juego o una invitación.
Cuando Elena abrió la puerta empapados y sin opciones, su mirada lo dijo todo antes de que ofreciera la noche en palabras. Madre e hija, precio fijo.
Me quedé solo en la habitación mientras ella cruzaba al cuarto de al lado. Dos horas de espera, de imaginar, de escuchar el silencio de la pared.
Cuando le propuse a Valeria compartir a mi novio y a mi hermano, se quedó sin palabras. Lo que vino después en el sótano fue imposible de olvidar.
Valentina dijo que iba a hacer la compra. Esa tarde, Nicolás canceló su reunión y volvió a casa antes. La chaqueta de Marcos colgaba en el perchero.
Llegué solo al hotel y me dije que esa semana iba a ser distinta. No imaginaba que la mujer de la barra del bar iba a enseñarme cosas que nunca había sentido.
Cuando vio al brasileño cruzar la pista hacia nosotras, supe que mi compañera de piso ya no era la chica tímida que había llegado a Madrid hacía un mes.
Llevaba veinte años queriendo besarla. Esa madrugada entré en su dormitorio creyendo que por fin tocaba, hasta que ella me bajó los pantalones y me arrastró al salón.
Lo invitamos a casa con la promesa de no tener reglas. Lo que pasó esa madrugada en el sofá rompió todo lo que creíamos saber sobre nosotros.
Lo vi marcharse el lunes con la maleta y un beso seco. Esa misma noche, en la cama, supe que su ausencia pesaba más que cualquier orgasmo.
Tres compañeros la invitaron a quedarse cuando el edificio estaba vacío. Sofía dijo que sí, pero con condiciones.