La apuesta que terminó conmigo encima de mi novio
Aposté que el secreto que Mateo escondía cabría en un vaso de tubo. Si perdía, tendrían que vernos a Adrián y a mí sin manta. No conté con lo que vino después.
Relatos de encuentros grupales y placeres compartidos
Aposté que el secreto que Mateo escondía cabría en un vaso de tubo. Si perdía, tendrían que vernos a Adrián y a mí sin manta. No conté con lo que vino después.
Cuando entraron al departamento ya no quedaba nada de inocencia en sus miradas. Solo faltaba decidir cómo íbamos a terminar la noche, y la baraja quedó sobre la mesa.
Mi mejor amiga llegó empapada esa noche, con los ojos rojos de tanto llorar. Lo que pasó después de la tercera botella de vino no estaba en mis planes.
Pagué por una tarde y terminé contratando a esa mujer durante toda la semana. Lo que pasó la última noche es lo que jamás le he contado a nadie, ni siquiera a mi mujer.
Cuando acepté la apuesta no imaginé que terminaría desnuda sobre Mateo con tres pares de ojos siguiéndome y una polla descomunal a centímetros de mi boca.
Andrés llevaba meses buscando una salida y la encontró donde menos debía: en el cuerpo de su propia esposa.
La apuesta parecía una broma hasta que Tomás se levantó a demostrarlo. A partir de ahí, la tarde en el piso tomó un rumbo que ninguno esperaba.
Martín llegó con una escalera y una caja de herramientas. Doña Carmen lo vio desde la ventana sacarse la remera bajo el sol y supo que el trabajo iba a ser largo.
Rodrigo le había prometido que esta Nochevieja sería diferente. Valeria no imaginaba hasta qué punto tenía razón.
La primera vez que me lo dijo, pensé que bromeaba. La segunda, ya tenía la mano en mi nuca empujándome hacia donde ella quería que fuera.
Cuando le confesé a mi marido qué quería para mi cumpleaños, sonrió y empezó a hacer llamadas. La noche de casino privada cambió todo entre nosotros.
Cuando subí a su departamento impecable, no sabía que estábamos a una mano de cartas de algo que ninguna de las dos había hecho jamás.
Karen apareció en la habitación completamente desnuda. Esa no fue la única sorpresa de esa tarde: mi madre entró diez minutos después, y nada volvió a ser igual.
Cuando el capitán fondeó en la cala escondida, ya nadie disimulaba. Las miradas, los roces y el calor del Mediterráneo hicieron lo demás. No hubo vuelta atrás.
Cuando el capitán ancló en esa cala desierta y Rodrigo descorchó la segunda botella, todos supimos que el orden del día había quedado oficialmente cancelado.
Valeria no quería regalos caros. Quería ser el platillo fuerte de una noche donde todos apostaran por ella y su marido la mirara con orgullo.
Estábamos con vino cuando me dijo: «Nunca te conté todo lo de Punta del Este». Lo que siguió me dejó callada durante horas.
En este trabajo aprendes pronto que hay gente que confunde pagar un servicio con comprar a una persona. Algunas lecciones te marcan de por vida.
Cuando entré a esa habitación y la vi montada sobre mi mejor amigo, supe que nada volvería a ser igual. Lo que pasó después rompió todas las reglas que conocía.
Tres copas de vino, una mochila llena de juguetes y una mirada cómplice. Lo que pasó con mi hermana esa noche cruzó todas las líneas que jamás pensé cruzar.