Lo que me confesó esa mujer en el jacuzzi del hotel
Tomé su mano sin saber que esa tarde dejaría de ser la mujer que llegó al hotel. Su voz quebrada me prometía un secreto y me arrastraba con él.
Relatos de encuentros grupales y placeres compartidos
Tomé su mano sin saber que esa tarde dejaría de ser la mujer que llegó al hotel. Su voz quebrada me prometía un secreto y me arrastraba con él.
Mateo entró a matar el tiempo entre clases. Salió con el sabor del pintalabios de ella y el corazón latiéndole contra las costillas.
Cuando vi el mensaje en la bandeja no sabía que aceptarlo me llevaría a una tarde con dos desconocidos en el parque y a la noche más intensa de mi vida.
Estaba solo en el sofá cuando se abrió la puerta. Era Marina, la amiga de mi hermana, y lo que vio le hizo sonreír. Lo que pasó después no me lo esperaba.
Bajé a trotar por la playa para escapar del hotel. Dos kilómetros después, un bote de pesca atracó frente a mí y un hombre joven me invitó a seguirlo entre las palmeras.
Esteban dormía cuando me levanté a ducharme. Para cuando volvió a despertarse, yo ya tenía decidido a quién más quería en esa cama antes del mediodía.
Cada mañana, a las once en punto, entraba en aquella cafetería como quien entra en un confesionario. Tardé semanas en darme cuenta de que ellas dos también me esperaban.
Cuando abrí la puerta y vi a mi prima parada en el umbral con esa sonrisa, supe que la noche con mi novia ya no terminaría como la había planeado.
Esa madrugada, junto a Diego dormido, comprendí que no podía pensar en él sin pensar en Mateo. Con un novio nuevo, mi hermano seguía siendo el centro.
Bajé las escaleras descalza y los encontré en el sofá. Mi hermana de rodillas, mi cuñado con los ojos cerrados. Y yo, sin pensarlo, di un paso adelante.
La primera tarde que salí en bikini sentí su mirada detrás de la ventana y, en lugar de cubrirme, dejé caer un tirante muy despacio.
Llevaba años fantaseando con un trío. Aquella noche en el chalet familiar entendí que la lujuria a veces vive más cerca de lo que uno imagina.
Marina ya estaba empapada cuando exigió la segunda parte: los dos a la vez, sin barreras, con la película de acción todavía sonando de fondo.
La cámara filmaba todo desde el dormitorio mientras yo subía la escalera con un vestido que apenas tapaba lo que iba a entregarles esa tarde.
Reservé el mismo Airbnb donde hice el amor con mi prima por primera vez. Esta vez no íbamos solos: cada uno llevaba a su pareja, y los cuatro lo sabíamos.
El vestido era de voile azul, casi transparente. Mi padre estaba enfrente. Mi marido a la izquierda. Y el invitado francés todavía no entendía qué iba a pasar esa noche.
Lunes por la mañana. La maleta de Adrián desapareció por la puerta y, antes de que el café terminara de hacerse, ya sabíamos que esa semana iba a ser distinta.
Cuando Marcos cerró la puerta del apartamento y preguntó si iban a dormir con su «nueva pareja», el silencio de los cuatro lo dijo todo.
Cuando se abrió la pantalla, mi cuñada recibía a sus dos parientes en el salón con una sonrisa que jamás le había visto en los almuerzos del domingo.
A las dos de la madrugada bajé descalza por un vaso de agua y los oí discutir bajito sobre mí, con esa voz de los matrimonios que ya no necesitan terminar las frases.