Compartí a mi novio con mi compañera y descubrí algo más
Aquella madrugada, cuando él se durmió, una cruzó el pasillo descalza y se metió en la cama de la otra. No iba por hablar, ni por curiosidad.
Relatos de encuentros grupales y placeres compartidos
Aquella madrugada, cuando él se durmió, una cruzó el pasillo descalza y se metió en la cama de la otra. No iba por hablar, ni por curiosidad.
Cuando vi a Mateo esperándonos en la puerta de la habitación 412, entendí que mi marido no había estado alardeando: aquello iba a pasar de verdad.
Hace meses les conté el primer trío de Camila. Esta vez, cuando volvió a sentarse en mi cama, supe que la historia iba a ser todavía más intensa.
Llevábamos meses compartiendo algo prohibido entre hermanos. Esa tarde, mientras ella me contaba todo con las manos ocupadas, la cámara nos reveló algo que lo cambiaría todo.
Habían pasado seis días desde que dejé de ser la esposa fiel. Lo que vino después, en el jacuzzi y delante de testigos, no se lo cuento ni a mi mejor amiga.
La cremallera se abrió y dos cabezas se asomaron como si llevaran rato esperando turno. No nos sorprendimos. Tampoco nos cubrimos.
Mi hermana ya estaba esnifando la primera raya cuando los tres chicos llamaron a la puerta. Habíamos cruzado el punto de no retorno y, sinceramente, no quería volver atrás.
Iba a ser la primera vez que estuviera con los cuatro al mismo tiempo. Lo decidimos esa noche, mientras brindábamos por unas vacaciones que jamás imaginé que empezarían así.
Tres días en París, cuatro hombres muertos en sus camas y un mensaje anónimo me citaba sobre el Sena. No imaginé que cruzar ese puente significaba dejar de ser quien era.
Bjarne nos explicó la tradición mientras el fuego crepitaba. Antes de que terminara de hablar, ya sabíamos que íbamos a decir que sí.
Esa madrugada, con la luz tenue de la lamparita, decidí contarle a Lucía la fantasía que llevaba meses guardando solo para mí.
La chimenea ardía, la lluvia golpeaba los cristales y los dos me miraban con esa mezcla de curiosidad y vértigo que aparece justo antes de cruzar una línea.
Aquella tarde entró en el bar como si llevara horas esperándome. Lo que vino después fue lo que me cambió, no el sexo: lo que me hicieron descubrir.
Cuando entraron al boliche, Camila y Florencia querían pasarla bien. No sabían que esa noche terminaría con una apuesta que las dejaría sin nada que cubrir.
Llevaba tres días en Cartagena pagando por encuentros que terminaban con la misma sorpresa, hasta que ella entró al bar y todo cambió de golpe.
Entré a esa zona restringida a propósito. Había algo en esos hombres uniformados que me atraía desde que llegamos, y yo sabía exactamente lo que buscaba.
Cuando Mateo le susurró que iba a probar algo que no se olvidaría más, Camila no sabía que esa noche su exmarido aparecería y dos oficiales le mostrarían qué significaba ganar.
Creí que participar significaba solo mirar. Esa noche, mi esposa me tomó de la nuca y me enseñó que mi papel en nuestro trío era completamente distinto.
Cuando el hermano mayor entró por esa puerta, ya era demasiado tarde para arrepentirme. Estaba en ese hotel, entre los dos, con el deseo ganándole a la vergüenza.
Llevaba tres días en aquella ciudad cuando entendí que el verdadero destino del viaje no estaba marcado en ningún mapa, sino en lo que esa mujer me susurró al oído.