Mi amiga me confesó su segundo trío con el mismo hombre
Apenas se sentó en mi cama y cerró la puerta, soltó el suspiro de siempre. Tres palabras: pasó otra vez. Y supe que esa noche el mate iba a enfriarse mientras me lo contaba todo.
Relatos de encuentros grupales y placeres compartidos
Apenas se sentó en mi cama y cerró la puerta, soltó el suspiro de siempre. Tres palabras: pasó otra vez. Y supe que esa noche el mate iba a enfriarse mientras me lo contaba todo.
A los treinta y dos años no sabía lo que era un orgasmo. Mi amiga Renata se rio, me sirvió otra copa y me prometió que el jueves siguiente lo iba a cambiar todo.
Habíamos prometido ir despacio. Una copa en casa, nada más. Pero cuando sus ojos buscaron los míos pidiendo permiso, supe que esa noche no íbamos a respetar ningún plan.
Aquella noche en el hotel descubrí que el deseo no entiende de promesas. Mi marido me ofreció en bandeja a su mejor amigo, y yo me dejé entregar.
Marina creía que solo tenía envidia del novio de su amiga. Esa noche, cuando él dormía exhausto, ella cruzó el pasillo en silencio y golpeó la puerta de Daniela con un nudo en el estómago.
Esa primera noche sin él, mi marido me hizo el amor con la misma destreza de siempre. Pero la cama era enorme y los dos lo sabíamos.
Cuando lo invité a subir a casa juré que solo era una segunda parte. Tres horas después no sabía dónde acababa mi marido y dónde empezaba él.
En el bar, Mariana se acercó a dos extraños sin decirme nada. Cuando volvió, fue para subirnos a un taxi. En el camino entendí que yo también era parte del precio.
Crucé el océano con mis dos posesiones para entregarles Venecia como jaula. Bajo el brocado de los vestidos, dos motores vibraban al ritmo de mi pulgar.
Faltaban horas para la ceremonia y allí estaba yo, sentado en el mármol caliente del hammam, sintiendo cómo la mirada de mi futuro suegro pesaba más que el vapor.
Llevábamos años de matrimonio cuando me confesó que su mayor fantasía no era con otro hombre. Era conmigo y otra mujer. Y tenía a la candidata perfecta esperando.
Carolina se mudó con Rodrigo hace tres semanas. Yo escribo esto desde la casa vacía, sentado en la cama donde dormíamos los dos. Y, durante un año entero, los tres.
Cuando empezamos a oír el cabecero golpeando contra la pared, no imaginábamos que esa misma noche nuestros gritos también cruzarían al otro lado del techo.
Cuando Carla se quitó la camisa y se sentó sobre mi marido, supe que el juego había cruzado una línea de la que ninguno de los cuatro queríamos volver.
La forma en que él la miraba en la piscina y la forma en que ella se rozó conmigo bailando bachata me hicieron entender que aquella semana cambiaría todo.
Le tendí el portátil a mi marido con la carpeta abierta. Veintitantos correos de hombres que jamás imaginaron que su directora les enviaría algo así.
El vibrador zumbaba dentro de mí mientras él controlaba el ritmo desde la mesa del fondo. Sabía exactamente qué clase de hombres traería a casa esa noche.
Cuando Ricardo me explicó qué quería hacer conmigo y con sus cinco amigos en la casa de campo, debí decirle que no. Lo pensé seis días antes de aceptar.
Cuando me desató, lo primero que vi fue la mesa de madera con grilletes en cada esquina. Los tres me miraban como si supieran exactamente qué iba a pasar después.
Cuando doña Hilda abrió la puerta y nos miró de arriba abajo, supe que esa noche junto al fuego nos costaría mucho más que un techo seco.