La noche que los amigos de mi hijo no se fueron
Eran las dos de la madrugada, el vino se había acabado y ellos seguían mirándome. Debería haberles dicho que se fueran.
Relatos de encuentros grupales y placeres compartidos
Eran las dos de la madrugada, el vino se había acabado y ellos seguían mirándome. Debería haberles dicho que se fueran.
Einar les explicó que en aquella casa mantenían viva una vieja tradición de hospitalidad. Valentina miró a Rodrigo y los dos supieron lo que querían.
La voz de Daniela narraba lo del vestuario mientras, a su alrededor, los cuerpos de sus amigas se enredaban sin vergüenza ni límites.
La cremallera de la tienda se abrió y aparecieron dos cabezas. Vieron a dos chicas desnudas y apenas pestañearon. Era esa clase de festival.
Llegué a su apartamento con ganas de tomar cerveza y matar el tiempo. Me fui con el culo adolorido, la boca con sabor a semen y una sonrisa que no podía disimular.
Lo vi entrar de espaldas y supe que era él antes de que se girara. Diez años después, y todavía sentía ese mismo calor en el estómago.
Cuando Diego puso la mano en su espalda y la presentó como su mujer, Lucía sintió que aquella palabra abría una puerta que ninguno de los cuatro iba a cerrar esa noche.
Llevábamos veinte años siendo amigos y esa tarde, apoyados en la barra del chiringuito, confesamos en voz alta algo que ninguno creía que llegaría a decir nunca.
Cuando Bruno sacó las cartas sobre la mesa ratona, yo no imaginaba que esa partida iba a terminar con nosotros cuatro tirados sobre la alfombra del living.
Cuando el capitán apagó los motores en aquella cala escondida, entendí que la reunión estratégica había sido una excusa y el verdadero plan apenas empezaba.
Cuando Camila apagó la película y me dijo «a veces miro porno gay cuando estoy sola», supe que esa frase iba a partir mi vida en dos.
La primera noche en el piso nuevo oí a la vecina del otro lado del tabique. Tuve que levantarme al baño a acabar mientras Laura dormía.
La primera noche juré volver a casa. Al séptimo ya no recordaba para qué había comprado el vuelo de vuelta. Esto es lo que pasó entre esas dos noches.
El taller estaba oscuro, pero cuando pasé al lado del autobús una voz grave me llamó desde la ventanilla. Esa noche dejé de ser la niña que solo los miraba al pasar.
Viajé sola buscando templos y acabé en una terraza sobre el río, rodeada de manos que no eran las mías y bocas que sabían exactamente dónde encontrarme.
Soltó la carcajada, bajó la voz y me miró con esa sonrisa de puta satisfecha que ya le conocía. Supe que me iba a contar todo lo que había callado.
Cuando Lucía me susurró su fantasía de cumpleaños, supe que no habría vuelta atrás: quería ser subastada entre nuestros amigos más cercanos una noche entera.
Cuando Iván se bajó los pantalones frente a todos, supe que iba a pasar algo que no podríamos olvidar. Éramos cinco en el salón y la película ya no importaba.
Cuando su sumisa me tapó la boca y la nariz, mi cuerpo gritó por aire. Pero algo más oscuro y prohibido despertó entre mis piernas, y ya no quise que parara.
Yo ya había probado cómo se sentía perder el control con un desconocido. Ella, sentada en el balcón con una cerveza, me miraba como si me envidiara cada detalle.