El cortijo donde el deseo no tiene reglas
La tarjeta no decía nada más que un nombre y un número de teléfono. Nadie nos advirtió de lo que íbamos a encontrar al otro lado de esa verja.
Relatos de encuentros grupales y placeres compartidos
La tarjeta no decía nada más que un nombre y un número de teléfono. Nadie nos advirtió de lo que íbamos a encontrar al otro lado de esa verja.
Cuando pasé por el taller, las luces estaban apagadas. Pensé que se habían ido. Entonces escuché su voz desde la ventana del camión, llamándome por mi nombre.
La tarde que Diego llegó sudado del partido y se quitó la camiseta, todo cambió. El tatuaje que Carmen había ampliado en la pantalla la noche anterior.
Rodrigo me lo dijo sin rodeos una noche, mientras yo creía que solo iba a dormir. Su voz era tranquila, casi demasiado tranquila para lo que me estaba pidiendo.
Ella lo miraba como si lo conociera de toda la vida. Él sonreía demasiado. Y yo, frente a los dos, pensaba en lo que había hecho con cada uno por separado.
Propusimos contarnos una fantasía que nunca le habríamos dicho al otro. Lo que salió de nuestra boca esa noche cambió algo entre nosotros para siempre.
Cuando mi compañera de piso me dijo «llévame contigo», supe que esa noche iba a perder algo más que la timidez. Lo que no imaginé fue que él aparecería.
Llevaba semanas evitándolos a todos. Los quería con las ganas bien acumuladas para ese fin de semana. Al salir del trabajo el viernes, lo tenía todo planeado.
El juguete vibraba dentro de Clara mientras bailaba con desconocidos. Andrés la controlaba desde su mesa. Nadie en el bar sabía nada.
Lo besé por primera vez a los dieciséis años y no pudimos terminar. Once años después lo encontré en el club de mi novio con otra mujer del brazo.
Cuatro hombres poderosos muertos de la misma manera. Todos desnudos, exhaustos. Alguien los elegía, los seducía y los llevaba al límite exacto antes del final.
Llevaba un mes soñando con volver a encontrarlo cuando mi compañera de piso me confesó que me tenía envidia. Esa misma noche la llevé conmigo a la rave.
Me puse el vestido negro sin sujetador porque nadie me iba a ver. Error. Tres chicos de veinte años me miraron como si fuera lo único que existía en el mundo.
Habíamos tendido la trampa perfecta. Pero cuando Diego me tomó por la cintura con esa seguridad brutal, entendí que ya no era yo quien llevaba las riendas.
Cuatro colegas, una piscina, una noche entera. El mejor inicio de vacaciones que pude imaginar.
Se sentó en mi cama con ese gesto de siempre y soltó que había pasado otra vez. Y yo sabía exactamente de qué me estaba hablando.
Valentina siempre fue impulsiva. Pero cuando trajo a Camila a nuestra vida, ninguno de los dos sabía hasta dónde nos íbamos a meter.
Cuando abrí la puerta esa noche, ellos no sabían que yo ya tenía el sabor de su amigo en la boca y un plan calculado en cada movimiento de mis caderas.
Cuando Iván cruzó la puerta de la habitación, supe que no había vuelta atrás. Mi marido me sostenía por la cintura y me preguntó si seguía queriendo esto.
Cuando él lo dijo en voz alta, el silencio duró exactamente tres segundos. Sentí miedo y deseo al mismo tiempo, y no supe cuál de los dos era más fuerte.