La confesión del viaje de negocios que jamás contaré
Eran dos mochileros, veinte años, sin un duro. Aceptaron el aventón sin preguntar qué pediríamos a cambio. El peaje lo cobramos lejos, donde nadie pudiera vernos.
Relatos de encuentros grupales y placeres compartidos
Eran dos mochileros, veinte años, sin un duro. Aceptaron el aventón sin preguntar qué pediríamos a cambio. El peaje lo cobramos lejos, donde nadie pudiera vernos.
Llevábamos dos años sentados uno frente al otro sin saber que los dos guardábamos el mismo secreto: una vida paralela llena de deseos que nadie habría imaginado.
Tres compañeros de oficina la invitaron a quedarse después de las diez. No sabían que Camila tenía sus propias reglas para esa clase de noches.
Rodrigo llevaba rato mirándolas desde su toalla cuando Clara le hizo la señal. La playa vacía y el cielo en violeta hicieron el resto.
Llegamos al motel calientes y llenos de expectativas. La fiesta no fue la orgía prometida, pero Miguel sabía exactamente cómo hacerme olvidar todo eso.
Cuando me susurró en la cama lo que quería para su cumpleaños, supe que esa noche todo cambiaría. El casino privado fue solo el principio.
Valeria salió del baño con un vestido negro que le ceñía cada curva. Eran las doce de la noche. Dos hombres estaban por llamar al timbre. Y yo ya sabía dónde iba a sentarme.
Nuestros anfitriones en Groenlandia nos explicaron que compartir el calor del cuerpo era la forma más profunda de dar la bienvenida. Esa noche entendimos qué significaba de verdad.
Sandra nunca me había sorprendido de esa manera. Pero esa tarde en el pinar, con Lucía y Marcos a pocos metros, decidió que era el momento.
Me dijo que reservara el sábado. Sin detalles. Cuando llegué a su departamento y vi el traje de látex sobre la cama, entendí que la noche sería diferente.
Mi mujer me besó mientras un desconocido le retiraba el pelo de la nuca. En ese instante supe que el plan que yo había trazado había dejado de existir.
Estábamos en su cuarto con vino cuando soltó la carcajada. «Nunca te conté todo lo de Búzios.» Supe que lo que venía iba a sacudirme.
La vela se apagó y en la oscuridad una mano subió por mi muslo. Tardé demasiado en darme cuenta de que esa mano no era la de Marco.
Los dos llevaban anillo de casados y veinte años haciendo lo mismo en los viajes de trabajo. Todo cambió el día que pararon en esa playa.
El piso lo compartían bien. Pero cuando Camila propuso compartir también a su novio, ninguna calculó hacia dónde las llevaría el experimento.
La cola del local olía a porro y a sudor. Mi compañera me apretaba la mano sin saber muy bien qué hacía allí. Yo solo pensaba en encontrarlo otra vez.
Cuando lo vi cantarle directamente a ella desde el escenario, supe que esa noche iba a terminar de una forma que ninguno habíamos planeado.
Cuando Marco le dijo que tenía una sorpresa, Carmela eligió su vestido verde. No esperaba encontrarse con los ojos oscuros de Diego clavados en ella.
Cuando entré al salón, ella estaba sentada en el sofá con esa sonrisa que ya no engañaba a nadie. Y arriba, en la escalera, alguien escuchaba en silencio.
La primera vez que vi a Valeria con otro hombre, estaba al otro lado de un cristal. Debería haber sentido rabia. Solo sentí que no podía apartar los ojos.