Espié a mi cuñada Renata con dos de mis cuñados
La pantalla parpadeó sola y ahí estaba ella, esperándolo. No imaginé que esa tarde la iba a ver hacer lo que yo apenas me atrevía a pensar.
Historias de miradas furtivas y placeres ocultos
La pantalla parpadeó sola y ahí estaba ella, esperándolo. No imaginé que esa tarde la iba a ver hacer lo que yo apenas me atrevía a pensar.
Yo me masturbaba pensando en ella cuando empujó la puerta sin avisar, recién duchada y sin una sola gota de ropa encima. Lo que vino después no debería contarse.
Cuando se agachó a estirar la sábana y se le subió el vestido, Mateo se quedó duro mirándole los muslos a mi mujer. Y yo entendí que ya no había vuelta atrás.
Dejé las llaves sobre la mesa sin hacer ruido. La luz tenue salía de la habitación de mi hermano y, antes de asomarme, supe que esa noche iba a cambiarlo todo entre los tres.
Mi esposo me lo había susurrado tantas veces en la cama que ya no sonaba a fantasía. Esa noche el profesor cruzó la puerta y todo se hizo real.
Cuando la cámara se conectó esa tarde, Camila estaba sentada en su despacho con una falda muy corta y un secreto que no debía caber en aquella oficina.
Había bajado del escenario para agradecer los aplausos, pero su mirada se quedó clavada en los ojos de mi esposa, y supe que esa noche cambiaría todo.
Bajo la luna, desnuda sobre la manta, le conté con lujo de detalle cómo llegué a la cama de mi padre. Su verga volvió a endurecerse mientras yo hablaba.
Aquella tarde en la mansión, mis padres me dieron a elegir entre mis privilegios y una fantasía que jamás imaginé pagar con mi propio cuerpo.
Estaba desnuda en el balcón, fumando frente al mar, cuando vi al desconocido en el banco de enfrente. Y en lugar de cubrirme, decidí dejar que mirara.
Llegué a casa de Carolina con un secreto ya consumado entre los setos del jardín. Lo que vino después convirtió la fiesta en algo difícil de contar.
Llevábamos meses jugando con la idea hasta que esa noche en la casa de la playa, con mi exmarido mirando desde el sillón, todo se nos fue de las manos.
Las flores de Nora llegaban cada lunes a la oficina de Carla. Yo me decía que era admiración. La noche en que la invitamos a cenar, dejé de mentirme.
El sofá del salón ya había visto demasiadas cosas, pero ninguna como la sonrisa lenta con la que mi cuñada me esperó esa tarde mientras mi suegro fingía no enterarse.
La pantalla del despacho parpadeó y mostró el cuarto de masajes del chalet de mis suegros. Mi cuñada y su prima, desnudas, esperaban algo más que un masaje.
Cuando Sebastián colgó el teléfono y le guiñó un ojo, su esposa supo que el partido era la excusa. El director llegaría en veinte minutos, y el plan ya estaba listo.
Pegué la oreja a la puerta y después corrí al estudio del abuelo. Mi madre no estaba sola en el penthouse de Esteban, y yo no podía dejar de mirar.
Volvía de la fiesta cuando vio a su padre dormido en la galería. Los calzoncillos viejos no alcanzaban a tapar lo que él escondía debajo.
Mateo entró a matar el tiempo entre clases. Salió con el sabor del pintalabios de ella y el corazón latiéndole contra las costillas.
Mi prima me tendió la lencería de nuestra tía y sonrió. Era el precio que debía pagar si quería conseguir, por fin, lo que llevaba meses suplicándole.