Pagué el motel para que otro cumpliera su fantasía
Cuando bajó del auto rumbo al motel con otro, supe que esa noche dejaría de ser solo mía. Lo que no esperaba era que me pidiera pagar la habitación desde el celular.
Historias de miradas furtivas y placeres ocultos
Cuando bajó del auto rumbo al motel con otro, supe que esa noche dejaría de ser solo mía. Lo que no esperaba era que me pidiera pagar la habitación desde el celular.
Tengo 41 años y aquella madrugada acepté la invitación de una pareja jovencísima a un local de ensayo. Lo que pasó cambió mi idea del deseo.
Esa noche bajé por un vaso de agua y nunca llegué a la cocina. Lo que vi entre las sombras del rincón me dejó clavado durante una hora entera.
Llegué al concierto esperando que él me llevara a la cama. No se me cruzó que sería su novia quien me arrastraría al baño después de la tercera canción.
Esa primera noche, Vega cruzó el pasillo descalza, entró en la alcoba principal y se sentó en la cama king. Lo que hacían en el catre del barrio ya no exigía esconderse.
Las paredes de la casa eran demasiado finas, y aquella madrugada escuché a mi hija pedirle a su marido que fantaseara conmigo. Lo que pasó después lo cambió todo.
Bajé por agua a las dos de la madrugada y la luz azul del televisor me detuvo en seco. Mi hijo estaba en el sofá, y yo no pude apartar la mirada.
Llevábamos años con un juego inofensivo: exhibirla un poco más de la cuenta. Nunca imaginé que un vagón lleno de gente nos haría cruzar todas las líneas que jurábamos no cruzar.
Revisé las cámaras de la terraza y descubrí que la hija de mi vecina llevaba semanas espiándonos en silencio detrás de las cortinas.
Nadie en la familia imaginaba lo que pasaba entre Lucía y yo cuando se apagaban las luces y nos perdíamos un fin de semana en cualquier hotel del centro.
Lo que empezó como una salida a comprar ropa provocativa terminó con las manos de un extraño en mis nalgas, mientras mi esposo sonreía detrás de él.
Estoy dentro de ella y mi mente ya está en otro lugar. No soy yo quien la está follando en mi cabeza. Siempre es el mismo desconocido.
Me tenían de rodillas en el canil, esposada y sin poder moverme, mientras ellas reían y sus perros rondaban cada vez más cerca.
Ella bajó del coche con la falda levantada y su marido, desde el asiento del conductor, me preguntó con calma si me gustaba lo que veía.
Era mi primer día instalándome en el chalet cuando escuché chapoteos en la piscina. Me asomé y los vi desnudos, besándose, ajenos por completo a mí.
Cuando mi amigo la tomó de la cintura para guiarla a la cocina, algo se encendió en mí. No era celos. Era otra cosa, más oscura, que decidí no apagar.
Andrés creyó que podía controlarlo todo: los pactos, los encuentros, los celos. Hasta que su mujer hizo las maletas. Esta es su confesión final.
Llegué a la base buscando a un hombre y salí con otro. Lo mejor es que Damián llegó después y tampoco me negué.
Cuando lo vi mirarla así, en lugar de celos sentí algo que no esperaba. Ese primer día en el resort ya no éramos la misma pareja que había llegado por la mañana.
Llevaba meses fantaseando con verla con otro hombre. Cuando le propuse a Valeria el viaje, los tres sabíamos que algo iba a cambiar para siempre.