Mi novia no sabe que también me follo a hombres
No me atraen los hombres, me atraen las pollas. Por eso engaño a mi novia con dos amantes que ella nunca podrá imaginar, y cada semana me cuesta más volver a casa con ella.
No me atraen los hombres, me atraen las pollas. Por eso engaño a mi novia con dos amantes que ella nunca podrá imaginar, y cada semana me cuesta más volver a casa con ella.
Aquella tarde entró en el bar como si llevara horas esperándome. Lo que vino después fue lo que me cambió, no el sexo: lo que me hicieron descubrir.
Cuando ella le ajustó la postura por tercera vez y sintió la presión bajo los shorts, decidió que esa mañana la sesión iba a ser muy distinta a las anteriores.
Ella creía que iba a ser una noche más, pero yo había preparado la mochila con todo lo que necesitaba para enseñarle hasta dónde podía llegar su curiosidad.
Llevaba tres días en Cartagena pagando por encuentros que terminaban con la misma sorpresa, hasta que ella entró al bar y todo cambió de golpe.
Entré a esa zona restringida a propósito. Había algo en esos hombres uniformados que me atraía desde que llegamos, y yo sabía exactamente lo que buscaba.
Creí que participar significaba solo mirar. Esa noche, mi esposa me tomó de la nuca y me enseñó que mi papel en nuestro trío era completamente distinto.
Mi respiración se agitó sola cuando esa escena apareció. Valeria tenía la mano en mi muslo y lo sintió todo antes de que yo dijera una palabra.
Llevaba tres años trabajando con él. Sabía exactamente lo que era, lo que fingía ser. Ese fin de semana en el resort, Rodrigo iba a conocerse de verdad.
Entró sola al bar porque no quería preguntas de sus amigas. No esperaba encontrar dentro a su profesora de instituto, ni lo que pasaría después.
Se escabulleron entre los árboles con el pretexto de fumar. Lo que empezó como un porro compartido terminó con Rodrigo desnudo y Tomás de rodillas.
Los tacones me mataban y la peluca me picaba, pero cuando ese hombre me miró desde el otro lado de la sala, entendí que la noche apenas empezaba.
Cuando abrí la puerta del baño y vi a Sandra con esa faldita y los labios pintados de rojo, entendí que el plan original ya no existía.
Llevaba tres días en aquella ciudad cuando entendí que el verdadero destino del viaje no estaba marcado en ningún mapa, sino en lo que esa mujer me susurró al oído.
Cuando se inclinó delante de él en la máquina y le susurró al oído que tenía una clase reservada para él, supo que ese lunes ya no iba a parecerse a los anteriores.
Lo esperaba en la terminal con el vestido rojo que él odiaba que llevara sin sostén. Tenía la regla y un deseo que no se calmaba con nada que no fuera él.
Cuando don Alberto me miró de esa forma por primera vez, supe que algo en mí no era lo que los demás creían. Esa tarde lo confirmó.
Pagué por una tarde y terminé contratando a esa mujer durante toda la semana. Lo que pasó la última noche es lo que jamás le he contado a nadie, ni siquiera a mi mujer.
Llevaba semanas notando cómo me ponía nervioso cada vez que me corregía la postura. Esa mañana, con el gimnasio vacío, dejó de fingir que no se daba cuenta.
Desperté atado y desnudo en un sótano que no conocía. Lo último que recordaba era el bar y a Daniela prometiéndome pruebas. La trampa había funcionado a la perfección.