La noche que mi marido me entregó a su amigo
Tomás llevaba un año sin tocar a una mujer. Mi marido lo sabía cuando lo invitó a cenar. Y yo me puse la tanga roja sabiendo lo que iba a pasar.
Tomás llevaba un año sin tocar a una mujer. Mi marido lo sabía cuando lo invitó a cenar. Y yo me puse la tanga roja sabiendo lo que iba a pasar.
Andrés llevaba meses buscando una salida y la encontró donde menos debía: en el cuerpo de su propia esposa.
Martín llegó con una escalera y una caja de herramientas. Doña Carmen lo vio desde la ventana sacarse la remera bajo el sol y supo que el trabajo iba a ser largo.
Diego sabía exactamente qué botón tocar. Dos años sin verlo, un mensaje a la una de la mañana, y yo ya estaba en un taxi cruzando la ciudad.
Rodrigo le había prometido que esta Nochevieja sería diferente. Valeria no imaginaba hasta qué punto tenía razón.
La primera vez que me lo dijo, pensé que bromeaba. La segunda, ya tenía la mano en mi nuca empujándome hacia donde ella quería que fuera.
Valeria no quería regalos caros. Quería ser el platillo fuerte de una noche donde todos apostaran por ella y su marido la mirara con orgullo.
Lo que empezó como un juego de seducción inocente se convirtió en sumisión total. Yo era el ama del juego, hasta que dejé de serlo.
Esa tarde junto a la piscina, ella se quitó la parte superior del bikini y todo cambió entre ellos. La tensión que llevaban días ignorando ya no tenía vuelta atrás.
Estábamos con vino cuando me dijo: «Nunca te conté todo lo de Punta del Este». Lo que siguió me dejó callada durante horas.
La peluca, el vestido y los tacones estaban en el cajón de mi escritorio. Mi jefe lo sabía desde hacía meses. Y eso cambiaba todo lo que pasaba entre nosotros.
En este trabajo aprendes pronto que hay gente que confunde pagar un servicio con comprar a una persona. Algunas lecciones te marcan de por vida.
Bastó un clic accidental en el monitor de seguridad para descubrir que mi suegro y mis cuñadas guardaban un secreto que nadie en la familia debía conocer.
A las tres en punto, sentada en la barra de la cocina con encaje negro y una taza de té, sabía perfectamente con qué versión de mi marido iba a encontrarme.
Llevaba meses sin que nadie me tocara y aquella noche bailé con él como si lo conociera de siempre, sin saber que su error iba a borrar todos mis límites.
En el bar, Mariana se acercó a dos extraños sin decirme nada. Cuando volvió, fue para subirnos a un taxi. En el camino entendí que yo también era parte del precio.
Lo había rechazado mil veces, le había llamado patito feo delante de todos. Cuando abrí los ojos, mis muñecas colgaban de una barra y él tenía un látigo.
Cuando le abrí la puerta, sentí cómo sus ojos se clavaban en la tira negra que asomaba por encima de mi vaquero. Sonrió antes de empujarme hacia dentro.
Cuando abrí los ojos en aquella suite de mármol negro, ella estaba ahí, desnuda, mirándome como si me conociera desde siempre. Y tal vez la muerte fue mi mejor accidente.
Le dije a mi novio que solo bailaría con las chicas, pero cuando vi ese nombre en la pantalla, mi cuerpo decidió por mí antes de que mi cabeza pudiera detenerlo.