Ese mediodía en el taller no debí quedarme
Salí de casa con un mandado simple: dejar plata al mecánico. No pensé que iba a volver con la tanga rota y el sobre todavía dentro de la mochila.
Salí de casa con un mandado simple: dejar plata al mecánico. No pensé que iba a volver con la tanga rota y el sobre todavía dentro de la mochila.
Tenía la cubeta de champagne en una mano y la otra apoyada contra la madera, intentando convencerme de que solo escuchaba para asegurarme de que todo estuviera en orden.
Llevaba meses mirando el rincón oscuro de su dormitorio. La muñeca equivocada que le mandaron era lo más parecido a una compañía que había tenido en años.
Subí la escalera de metal sin atreverme a mirar abajo. Sabía que varios ojos intentaban colarse entre mis piernas, y todavía me faltaba la peor parte del mandado.
Llevábamos años saliendo juntos sin que pasara nada. Esa noche en el club algo cambió: su cuerpo pegado al mío en la pista, y ninguno de los dos hizo nada por parar.
Era una broma, una apuesta tonta entre amigos. Pero cuando Brasil ganó por diez puntos, supe que mi boca tendría que cumplir lo prometido.
Lo organicé yo misma: una noche de jacuzzi con mi amiga y mi novio. Pero a las tres de la madrugada desperté con algo que nunca esperé ver.
Cuando crucé su puerta con las esposas en el bolsillo, creí que tenía el control. En diez minutos estaba de rodillas y él sostenía la correa.
Aquella tarde decidí que me lo iba a follar como fuera, aunque tuviera que vestirme para él y entrarle sin disimulo. Lo que pasó después me dejó temblando.
La vi en cuatro patas sobre el césped seco, con la cola esponjosa balanceándose entre las nalgas, y supe que esa tarde de domingo no iba a parecerse a ninguna otra.
Cuando Valeria puso su mano en mi nuca y empujó hacia abajo, entendí que esa noche iba a cruzar una línea que ya no tendría vuelta atrás.
Lo esperé en el aeropuerto con vestido rojo y la regla puesta. Pensé en avisarle. Cuando me besó, supe que ya no había vuelta atrás.
Se quedó en el umbral del baño, todavía mojado, mirándome los pies en el aire. Yo entendí todo antes de que dijera una sola palabra.
La noche en que Camila dijo que nunca había hecho nada de eso, todos sonreímos. Pocas horas después, era la que pedía más.
Subí al taxi con la blusa pegada al cuerpo y los tacones en la mano. Solo quería llegar al hotel. Los ojos del conductor en el retrovisor decidieron otra cosa por mí.
Esa tarde fui al taller del mecánico con un sobre de plata y una pollera al ras. Entré como una nena. Salí caminando distinta.
El mensaje llegó la noche anterior: a las diez en punto, vestida de profesora. Cuando abrí la puerta, supe que esa mañana de febrero iba a marcarme para siempre.
Cuando Vicky tocó el timbre esa noche ya sabía que algo había pasado. Tenía la mirada turbia y ese gesto de quien necesita contarlo todo antes de explotar.
Tenía dieciocho años y mi cuerpo pedía más de lo que podía dar. Esa noche entré al salón en camisón y le dije a mi padre exactamente lo que necesitaba.
Lo vi al mediodía en la cafetería de la costa. Esa noche estaba en la puerta del club con la chapa de seguridad, y supe que no me iría sin probarlo.