Me rendí a ser pasivo y nunca lo lamenté
Llevaba años diciéndoles a los hombres que era versátil. Mentía. Cuando finalmente me rendí a ser pasivo, todo encajó de una manera que daba vértigo.
Llevaba años diciéndoles a los hombres que era versátil. Mentía. Cuando finalmente me rendí a ser pasivo, todo encajó de una manera que daba vértigo.
Pensé que iba a salir de la consulta con una receta. Salí con la marca de sus manos en mi piel y un secreto que jamás iba a contarle a nadie.
Me gustan las mujeres y la quiero a ella, pero hay algo que solo encuentro en otros hombres y no puedo dejar de buscarlo, por más que lo intente.
Cuando se inclinó frente a mí en la prensa de piernas, supe que aquel lunes a las siete menos cuarto no iba a ser un entrenamiento normal.
Llevaba veinte años queriendo besarla. Esa madrugada entré en su dormitorio creyendo que por fin tocaba, hasta que ella me bajó los pantalones y me arrastró al salón.
Lo invitamos a casa con la promesa de no tener reglas. Lo que pasó esa madrugada en el sofá rompió todo lo que creíamos saber sobre nosotros.
Tres compañeros la invitaron a quedarse cuando el edificio estaba vacío. Sofía dijo que sí, pero con condiciones.
Hace meses les conté el primer trío de Camila. Esta vez, cuando volvió a sentarse en mi cama, supe que la historia iba a ser todavía más intensa.
Llevábamos meses compartiendo algo prohibido entre hermanos. Esa tarde, mientras ella me contaba todo con las manos ocupadas, la cámara nos reveló algo que lo cambiaría todo.
Llevaba veinte minutos bailando con un desconocido en la pista. Cuando él propuso subir al baño del piso de arriba, dijo que sí sin imaginar lo que vendría.
Llevaba un short minúsculo y un top sin sostén cuando sonó el timbre. El viejo del lado solo venía a pedir azúcar. O eso pensé cuando le abrí.
Cuatro años de hormonas me habían dado el cuerpo que siempre quise. Esa noche, los ojos celosos de Mateo me hicieron entender que él también lo quería.
La oí gemir desde el otro lado del pasillo. Supe que esa noche tampoco iba a dormir. Pegué el oído a la puerta y luego corrí al estudio de mi abuelo.
Habían pasado seis días desde que dejé de ser la esposa fiel. Lo que vino después, en el jacuzzi y delante de testigos, no se lo cuento ni a mi mejor amiga.
La cremallera se abrió y dos cabezas se asomaron como si llevaran rato esperando turno. No nos sorprendimos. Tampoco nos cubrimos.
Iba a ser la primera vez que estuviera con los cuatro al mismo tiempo. Lo decidimos esa noche, mientras brindábamos por unas vacaciones que jamás imaginé que empezarían así.
Subí las escaleras de su edificio con el tanga ya empapado. No me imaginaba que ese desconocido iba a partirme en dos antes de la medianoche.
La doctora cerró la puerta del consultorio con una calma que no era profesional. Yo estaba en la camilla con una bata de papel, y ya sabía que no iba a salir igual.
Bjarne nos explicó la tradición mientras el fuego crepitaba. Antes de que terminara de hablar, ya sabíamos que íbamos a decir que sí.
Esa madrugada, con la luz tenue de la lamparita, decidí contarle a Lucía la fantasía que llevaba meses guardando solo para mí.