Lo que un desconocido me hizo sentir tras mi ruptura
Mientras me arreglaba para ir a su casa, sabía que esa noche no era una cita normal. La humedad ya me empapaba el tanga antes de salir por la puerta.
Mientras me arreglaba para ir a su casa, sabía que esa noche no era una cita normal. La humedad ya me empapaba el tanga antes de salir por la puerta.
Cuando mi hijo subió a dormir y los tres se quedaron mirándome desde el sofá, supe que aquella tercera copa de vino no había sido casualidad.
Cuando Ataq nos explicó que la hospitalidad inuit incluía compartir esposas, mi mujer y yo nos miramos en silencio. Aquella noche el calor no vino del fuego.
En la puerta de su casa se le cayó la cartera. En lugar de la llave, salió rodando un puñado de condones. Don Ricardo y yo nos miramos. La noche apenas empezaba.
La cuarta ronda de daiquiris bajó las defensas, pero nadie esperaba que la confesión de Daniela terminara con todas nosotras enredadas en la alfombra del living.
Acababa de tener su primera experiencia con otra mujer cuando dos desconocidos asomaron la cabeza por la cremallera y supo que la noche apenas empezaba.
Once años viuda. Once años cosiendo a solas. Cuando vio al pibe sin remera arriba del techo, supo que esa tarde iba a romper la regla.
Bajé al patio del bar a las dos de la mañana porque en mi cuarto no se podía respirar. No imaginaba que terminaría siguiéndola hasta el cuartito de atrás.
Cuarenta y tres grados, las cuatro de la tarde, y ella asomada al balcón con la camisola pegada al cuerpo, sabiendo perfectamente que iba a hacerme subir cinco pisos.
Bajé a la piscina a escapar del ruido y terminé escuchando una confesión que despertó algo que llevaba años dormido bajo mi piel.
Eran los amigos de mi hijo. Tenían veinte años y me miraban como si yo fuera lo único que querían en el mundo. Debí subir sola a mi cuarto. No lo hice.
Se asomó desde el balcón con una camisola empapada y una sonrisa torcida. Yo subí cuatro pisos sabiendo exactamente lo que iba a pasar.
Cuando vi a mi abuela besándose con ese hombre en el espejo del pasillo, debería haber vuelto a mi habitación. En cambio, me quedé mirando.
El calor nos pegó los cuerpos antes de que pudiéramos pensarlo. Ella bailaba descalza y yo ya no podía dejar de mirarla.
Habían pasado tres días desde la primera vez. Tres días de imaginarlo, de sentir ardor cada vez que cerraba los ojos. Esa tarde el club estaría vacío.
Cuando subí al barco en Luxor pensé que iba a descansar. Tres noches después estaba desnuda en una terraza sobre el Nilo, sin saber qué cuerpo me tocaba.
Pensé que seguía manejando el juego hasta que sus manos me sujetaron la cadera y entendí que ya no había vuelta atrás.
Un año después de la ruptura me arrastré hasta el gimnasio. En la séptima sesión, mi entrenadora cerró la puerta del vestuario y me ofreció algo que no estaba en ningún paquete.
Entré en aquel bar del malecón buscando mariscos y terminé pactando quince días con una desconocida. Tres años después, todavía no se lo he contado a nadie.
Mientras Natalia la hacía gemir, Lorena contó todo: el video de su marido, la venganza en el vestuario y la primera vez que probó el sexo lésbico.