La deuda que pagué con mi cuerpo y mi orgullo
Cuando crucé su puerta con las esposas en el bolsillo, creí que tenía el control. En diez minutos estaba de rodillas y él sostenía la correa.
Cuando crucé su puerta con las esposas en el bolsillo, creí que tenía el control. En diez minutos estaba de rodillas y él sostenía la correa.
Aquella tarde decidí que me lo iba a follar como fuera, aunque tuviera que vestirme para él y entrarle sin disimulo. Lo que pasó después me dejó temblando.
La vi en cuatro patas sobre el césped seco, con la cola esponjosa balanceándose entre las nalgas, y supe que esa tarde de domingo no iba a parecerse a ninguna otra.
Cuando Valeria puso su mano en mi nuca y empujó hacia abajo, entendí que esa noche iba a cruzar una línea que ya no tendría vuelta atrás.
Lo esperé en el aeropuerto con vestido rojo y la regla puesta. Pensé en avisarle. Cuando me besó, supe que ya no había vuelta atrás.
Se quedó en el umbral del baño, todavía mojado, mirándome los pies en el aire. Yo entendí todo antes de que dijera una sola palabra.
La noche en que Camila dijo que nunca había hecho nada de eso, todos sonreímos. Pocas horas después, era la que pedía más.
Subí al taxi con la blusa pegada al cuerpo y los tacones en la mano. Solo quería llegar al hotel. Los ojos del conductor en el retrovisor decidieron otra cosa por mí.
Esa tarde fui al taller del mecánico con un sobre de plata y una pollera al ras. Entré como una nena. Salí caminando distinta.
El mensaje llegó la noche anterior: a las diez en punto, vestida de profesora. Cuando abrí la puerta, supe que esa mañana de febrero iba a marcarme para siempre.
Cuando Vicky tocó el timbre esa noche ya sabía que algo había pasado. Tenía la mirada turbia y ese gesto de quien necesita contarlo todo antes de explotar.
Tenía dieciocho años y mi cuerpo pedía más de lo que podía dar. Esa noche entré al salón en camisón y le dije a mi padre exactamente lo que necesitaba.
Lo vi al mediodía en la cafetería de la costa. Esa noche estaba en la puerta del club con la chapa de seguridad, y supe que no me iría sin probarlo.
Mis amigos no entendían por qué pasaba tres meses en un pueblo sin vida. Nunca les dije la verdad: que mi abuelo me esperaba con algo más que la cena.
Eran dos mochileros, veinte años, sin un duro. Aceptaron el aventón sin preguntar qué pediríamos a cambio. El peaje lo cobramos lejos, donde nadie pudiera vernos.
Cerré las cortinas, apagué la luz y supe que esa noche nadie iba a frenarme. Iba a llevar mi cuerpo hasta donde nunca antes me había animado a llegar.
Las muñecas sujetas al techo, el cuerpo expuesto y él mirándome con calma. Juré que no cedería. Nunca había estado tan equivocada.
Lo que ese todoterreno guardaba después de aquel viaje no se podía contar en una factura de tapicería. Pero alguien tendría que pagarla, y no iba a ser él.
Cuando me susurró en la cama lo que quería para su cumpleaños, supe que esa noche todo cambiaría. El casino privado fue solo el principio.
Me había prometido no salir de la habitación ese día. Pero cuando Daniela me escribió diciéndome que estaba cerca, supe que la noche iba a terminar diferente.