Lo que le hicieron al esclavo en la suite 412
Bruno seguía en el suelo, agotado, cuando la puerta se abrió otra vez y entraron dos desconocidos. Nadie lo miró. Su tormento, sin embargo, apenas empezaba.
Bruno seguía en el suelo, agotado, cuando la puerta se abrió otra vez y entraron dos desconocidos. Nadie lo miró. Su tormento, sin embargo, apenas empezaba.
Durante el día gobernaba con mano de hierro. Por las noches descendía a su propia mazmorra y ordenaba que la trataran como a una prisionera más.
Lo deseé apenas lo vi en la vitrina. Esa misma noche decidí que un solo encuentro con un extraño bastaría para que fuera mío, y para descubrir hasta dónde llegaba mi deseo.
Caminó hacia la casa de su nuevo dueño con un vestido que no tapaba nada, sabiendo que cruzar esa puerta era dejar de pertenecerse a sí misma.
Veterana, dominante y adicta al deseo, la capitana tenía un solo plan para esa noche: que la recluta más hermosa del cuartel terminara en su cama.
Arrodillado en el parque, con los ojos vendados y los pies descalzos sobre la hierba, entendí que ya no decidía nada: él tenía la llave y yo había dejado de buscarla.
El candado se abrió con un chasquido seco y supo, antes de salir de la jaula, que él regresaba con el olor de otra mujer pegado a la piel.
Me arrodillé en el confesionario, pegué los labios a la rejilla y le susurré que venía a confesar un deseo con nombre, sotana y una cruz en el pecho.
Empecé desabrochándome un botón solo para ver su reacción. Nunca imaginé que esa misma noche terminaría en la habitación de invitados.
Tenía los ojos verdes y unas pecas rosadas que aún recuerdo. Fue mi primera vez, mi primer amor y la primera persona que me rompió el corazón.
Solo el filo de su tanga se interponía entre mis dedos y aquello que llevaba meses imaginando cada noche a solas.
Apagó la luz, susurró mi nombre en la oscuridad y me dijo que tenía otra superstición. Lo que vino después borró todas las que yo conocía.
Subí a su suite con la cena que me había pedido. Ella abrió la puerta con un kimono entreabierto y supe que la noche no iba a terminar como yo había planeado.
Su mano subió por mi antebrazo mientras yo intentaba servirle más vino, y supe que aquella copa no era la única razón por la que me había invitado a su casa.
A las nueve llegó con su bolso y un par de excusas. A las nueve y cuarto yo ya estaba en el baño cambiándome por algo que no dejaba nada a la imaginación.
Pensé que el disfraz me daba anonimato esa noche, hasta que ella entró al baño y supe, por su sonrisa, que no me había servido de nada.
Estaba amamantando a la bebé cuando ella entró, se sentó en el suelo y me preguntó si alguna vez yo le había dado pecho. No supe cómo contestarle.
Aceptaba propinas, miradas y conversaciones banales, pero nunca había recibido una propuesta como la suya: cinco mil euros por una sola noche en la habitación 412.
Cuando los vecinos se marcharon, ella seguía allí, inmóvil entre la hierba alta, con un ramo de violetas apretado contra el pecho y los ojos fijos en Marisol.
Diana nunca bailaba así, ni siquiera en bodas. Pero esa madrugada, con el vestido caído hasta la cintura y la stripper entre sus piernas, dejó de fingir.