Lo que pasó esa tarde en la playa entre los tres
No había olas, ni brisa, ni una sola razón para moverse de la toalla. Hasta que ella se incorporó, los miró a los dos y dijo lo que ninguno se atrevía a pensar en voz alta.
No había olas, ni brisa, ni una sola razón para moverse de la toalla. Hasta que ella se incorporó, los miró a los dos y dijo lo que ninguno se atrevía a pensar en voz alta.
Siempre dormíamos en la misma cama y nos contábamos todo. Esa noche, con la copa de más, Renata me tomó la cara y me besó como nunca antes.
Llevaba el vestido amarillo más ceñido de su armario y la cabeza llena de argumentos contra esa mujer. Una hora después, ya no sabía si la odiaba o la deseaba.
Subí a su piso a las nueve con la excusa de un proyecto a medias. Ninguno de los dos quería hablar de trabajo, y los dos lo sabíamos desde que abrió la puerta.
La puerta apenas se cerró cuando ella me empujó contra la madera. Dos años de miradas en los vestuarios se desbordaron en un beso sin explicaciones.
Si nunca te han hecho una buena mamada, no sabes de lo que hablo. Y no, no me refiero a correrte en su boca. Te voy a contar el secreto que descubrí por casualidad.
Bruno seguía en el suelo, agotado, cuando la puerta se abrió otra vez y entraron dos desconocidos. Nadie lo miró. Su tormento, sin embargo, apenas empezaba.
Durante el día gobernaba con mano de hierro. Por las noches descendía a su propia mazmorra y ordenaba que la trataran como a una prisionera más.
Lo deseé apenas lo vi en la vitrina. Esa misma noche decidí que un solo encuentro con un extraño bastaría para que fuera mío, y para descubrir hasta dónde llegaba mi deseo.
Caminó hacia la casa de su nuevo dueño con un vestido que no tapaba nada, sabiendo que cruzar esa puerta era dejar de pertenecerse a sí misma.
Veterana, dominante y adicta al deseo, la capitana tenía un solo plan para esa noche: que la recluta más hermosa del cuartel terminara en su cama.
Arrodillado en el parque, con los ojos vendados y los pies descalzos sobre la hierba, entendí que ya no decidía nada: él tenía la llave y yo había dejado de buscarla.
El candado se abrió con un chasquido seco y supo, antes de salir de la jaula, que él regresaba con el olor de otra mujer pegado a la piel.
Me arrodillé en el confesionario, pegué los labios a la rejilla y le susurré que venía a confesar un deseo con nombre, sotana y una cruz en el pecho.
Empecé desabrochándome un botón solo para ver su reacción. Nunca imaginé que esa misma noche terminaría en la habitación de invitados.
Tenía los ojos verdes y unas pecas rosadas que aún recuerdo. Fue mi primera vez, mi primer amor y la primera persona que me rompió el corazón.
Solo el filo de su tanga se interponía entre mis dedos y aquello que llevaba meses imaginando cada noche a solas.
Apagó la luz, susurró mi nombre en la oscuridad y me dijo que tenía otra superstición. Lo que vino después borró todas las que yo conocía.
Subí a su suite con la cena que me había pedido. Ella abrió la puerta con un kimono entreabierto y supe que la noche no iba a terminar como yo había planeado.
Su mano subió por mi antebrazo mientras yo intentaba servirle más vino, y supe que aquella copa no era la única razón por la que me había invitado a su casa.